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¿Misoginia católica? Imprimir
Escrito por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.   
Domingo 05 de Agosto 2012

TRIPAS DE FRAILE

Image Un número cada día mayor de voces críticas acusa con energía y virulencia a la Iglesia católica de marginar la participación femenina

Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Un número cada día mayor de voces críticas acusa con energía y virulencia a la Iglesia católica de marginar la participación femenina; califican tal conducta de misoginia institucional y sustentan sus cargos en un dato duro: la exclusión de la mujer en los cuadros directivos de la jerarquía eclesiástica, limitada hasta la fecha –dicen-, a una colaboración en roles de segunda categoría.

Esto ha desatado en algunos lugares como los Estados Unidos la aparición de una suerte de «jerarquía católica» clandestina encabezada por religiosas, algunas de las cuales presumen haber sido ordenadas por algún obispo disidente; consecuentes con ello, «ofician» en la clandestinidad actos litúrgicos inválidos e ilícitos, a la espera de un viraje radical de la disciplina eclesiástica y un relajamiento de la norma canónica que hasta la fecha reserva al varón el acceso a estos ministerios.

Los no católicos también consideran machista el descarte femenino en el organigrama eclesial, postura, alegan, que es ya la causa principal de abandono de la fe católica entre las nuevas generaciones, admirándose por ello que el Papa y los obispos en comunión con él no imiten los esfuerzos de sus congéneres de otras confesiones, donde la mujer ostenta incluso títulos episcopales.

Unos y otros apelan, principalmente, al argumento histórico, diciendo que ni el celibato ni la participación masculina formaron parte de la disciplina de la comunidad apostólica, entre cuyos miembros algunos eran casados, como san Pedro.

En el ámbito psicológico, añaden, esta disciplina -calificada como sexista y represora-, refuerza patologías de la conducta y favorece los casos de ministros sagrados que llevan una vida doble o se refugian en perversiones tales como la pederastia. Les parece lógico que, admitiendo a la mujer a la recepción del Orden sacerdotal y aboliendo la disciplina del celibato, el ejercicio de una sexualidad natural haría desaparecer casi totalmente actos y crímenes de esta índole.

Con pruebas tan especiosas, han surgido cruzados de la talla del psicólogo español Pepe Rodríguez, capitán de toda una línea de publicaciones cuyo deliberado propósito es arrasar las bases mismas del cristianismo.

Empero, a todos estos señalamientos, la Iglesia, en apego y fidelidad al ejemplo y predicación de Jesús de Nazaret, enseña que en el núcleo de la comunidad cristiana primitiva reservó al varón el ministerio sagrado y que, si bien el celibato se aparte del orden natural humano, sí es posible asumirlo por amor al Reino de los Cielos (Mt 19,12).

Que la «exclusión» de la mujer en la jerarquía eclesiástica vulnere los derechos femeninos es una verdad a medias: el ministerio sagrado es un don, no un derecho; por otra parte, tanto la mujer como el varón participan plenamente del único sacerdocio, el de Cristo, desde el momento de su bautismo, quedando ambos consagrados con idéntica dignidad a la condición de santuarios del Espíritu Santo.

El punto a fortalecer consiste, entonces, en aterrizar las propuestas teológicas y pastorales que implementó hace medio siglo el magisterio supremo de la Iglesia, en orden a hacer eficaz el sacerdocio común de los bautizados y recuperar la esencia ministerial de la comunidad eclesial (Lumen Gentium 10), tema en el que, reconozcámoslo con humildad, poco hemos avanzado en los últimos treinta años y se ha convertido en uno de los retos de este siglo..

Finalmente, asumir los beneficios de la disciplina eclesiástica en torno al orden sagrado que se remonta a la reforma gregoriana del siglo VII nos exige recobrar la esencia del sacramento del Orden, que, además de ser un don, es, dijimos, un servicio, no un derecho.

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