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EL RINCÓN DEL PAPA
El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece dos claves importantes para nuestra oración.
La segunda parte del himno cristológico de la Carta a los Filipenses dice que, por la obediencia de Cristo a la voluntad del Padre, «Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre» (Fil 2,9). Aquel que se ha abajado profundamente, tomando la condición de esclavo, ha sido exaltado, elevado por encima de todas las cosas por el Padre, que le dio el nombre de Kyrios, «Señor», la suprema dignidad. El Jesús que se exalta es el de la Última Cena, que se inclina a lavar los pies a los Apóstoles y les dice: «... Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros» (Jn 13,12-14). Es importante recordar esto siempre en nuestra vida: el ascenso hasta Dios está en el descenso del servicio humilde, en el descenso del amor, que es la esencia de Dios. El himno de la Carta a los Filipenses nos ofrece dos claves importantes para nuestra oración. La primera es la invocación «Señor», dirigida a Jesucristo. Él es el único Señor de nuestra vida, en medio de tantos dominadores que la quieren dirigir. Por ello, se debe tener una escala de valores en los que la primacía le pertenece a Dios. La segunda es la postración, el «ponerse de rodillas» en la Tierra y en el Cielo. La genuflexión ante el Santísimo Sacramento o el arrodillarse en la oración, expresan una actitud de adoración ante Dios, aun con el cuerpo. De ahí la importancia de hacer este gesto no por la costumbre y con prisa, sino con una conciencia profunda. Benedicto XVI |