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TRIPAS DE FRAILE
La mayor parte de los maestros del sistema escolarizado que a
costa de tantos recursos sostiene el pueblo de México eludió un primer
intento por evaluar su capacidad y calidad
Tomás de Híjar Ornelas, Pbro. Notamos todos, hace unos días, con impotencia y pena, que la mayor parte de los maestros del sistema escolarizado que a costa de tantos recursos sostiene el pueblo de México eludió un primer intento por evaluar su capacidad y calidad para hacerle frente al gravísimo rezago educativo de los niños, adolescentes y jóvenes de este país. Sus motivos tendrán -muy mezquinos y menguados- quienes de esa forma se salen por la tangente, exhibiendo de paso un secreto a voces: que una de las herencias de nuestro pasado inmediato, el bastión del corporativismo clientelar entre el gremio de los maestros al servicio del Estado, le sigue pasando a éste la factura de su fidelidad o de su oposición, según lo acreditó en las pasadas elecciones del 1º de julio por conducto de un sofista de talento, sí, pero carente de una plataforma propia, y ahora lo hace con toda la propiedad y bravuconería que inocula la impunidad en quienes pueden transgredir de forma sistemática el orden jurídico sin sufrir por ello la menor sanción. No es de extrañar que quienes medran con esta sustanciosa tajada del gasto público corriente se obstinen en mantener enhiestos los esquemas de ese pasado inmediato, que impide a los padres de familia elegir el tipo de educación que desean para sus hijos, abandonándolos a una fauna tan variopinta como feroz, según lo han demostrado una y otra vez las huelgas y plantones que en Oaxaca y en Michoacán hemos visto desarrollarse en los últimos meses. En el colmo de la estulticia, lejos de admitir su fracaso, quienes medran con el sistema se resisten admitir opciones distintas a las que se han venido fraguando desde una complicidad sinuosa para retener en la ignorancia y en la parálisis social al grueso de los mexicanos, incapaces de solventar otro tipo de educación para sus hijos distinta a la que proporciona el Estado. Mientras redacto estas líneas, discurren ya las primeras horas de lo que seguramente será una larga estancia tras las rejas de un jovenzuelo que me sirvió de acólito un tiempo. Por el trato que nunca perdí del todo con él y los suyos, me consta que su corazón no es malo, pero sí que sufre el vértigo de algo que hoy por hoy es un cáncer social: no tuvo una auténtica familia, careció de una figura de autoridad sólida a su lado; no recibió en las aulas un mínimo de convicciones para defenderse del rampante hedonismo capitalista. Se le hizo fácil, pues, cometer un asalto junto con otro mozalbete muy dañado. Les echaron el guante y no verán la luz en mucho tiempo. ¡Cuántas historias semejantes se estarán redactando en este mismo tenor y cuánta indolencia para ofrecerle un mínimo dique a ese caudal irrefrenable y depredador que ha hecho del hacer y del tener la meta del saber! Estando muy lejano el día -si alguna vez llega- en el que la libertad de educación y la libertad religiosa puedan ofrecer en las aulas algún alivio -que no la cura, el defecto es de fábrica- a los males de una generación que en este mismo espacio hemos etiquetado con el durísimo calificativo de ‘perdida’, no porque lo esté o lo sea, sino porque se ha visto privada de una luz que otros sí tuvimos en la familia, en el entorno y aun en las mismas aulas, y que hoy ya no existe, es sólo un recuerdo, apechuguemos y dispongámonos a sufrir el costo de una factura que nos cobrarán a la vuelta de muy poco tiempo quienes empuñen el timón de la nave que tripulamos todos, haciéndonos palpar con todo su encono lo que en nuestro tiempo no tuvimos las agallas de enmendar. |