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Escrito por Omar Árcega E.
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Domingo 15 de Julio 2012 |
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DESDE LOS ARCOS
A medida que pasan los días se confirma lo que dijimos en
esta espacio hace una semana: las elecciones que acabamos de vivir
fueron admirables en muchos sentidos, pero también estuvieron manchadas
Omar Árcega E. A medida que pasan los días se confirma lo que dijimos en esta espacio hace una semana: las elecciones que acabamos de vivir fueron admirables en muchos sentidos, pero también estuvieron manchadas por la compra de votos, la coacción del voto y el rebase en los topes de campaña. No se cuestiona lo que se vivió dentro de las casillas, ni se pone en duda a los casi 3 millones de mexicanos que de diversas formas estuvieron colaborando ese primero de julio. Los señalamientos vienen de lo que se vivió afuera de las casillas: los grotescos ofrecimientos de «monederos electrónicos» de la tienda Soriana, el escabroso caso «Monex», el brutal uso de recursos por parte de algunos candidatos, el desvío de fondos públicos, las misteriosas votaciones registradas en las zonas rurales y muchas otras triquiñuelas que con el tiempo saldrán a la luz. Ahora corresponde a los tribunales electorales cerrar el proceso electoral. Toca a los partidos y ciudadanos logran reunir pruebas sobre la suciedad de esta elección; una vez presentadas, los tribunales, so pena de perder legitimidad, deberán dar castigos ejemplares al instituto político que incurrió en estas prácticas. Se tiene que mandar la señal de que no se puede ganar una elección violentando la ley. Lo que está en juego es la propia democracia mexicana, la cual está en riesgo por las viejas prácticas de la compra de votos. Como católicos debemos señalar y reprobar estas actitudes; como ciudadanos, debemos denunciarlas. Corruptos son tanto los que aceptaron vender su voto como aquellos que se les compraron; quizá los primeros tengan atenuantes si su condición económica es crítica, pero los segundos no tienen justificación: sólo los guiaba el poder por el poder. |