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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 08 de Julio 2012

PÓRTICO

Image Las elecciones se están convirtiendo en fuegos de artificio, en espectáculo de televisión, en plataforma del miedo. Mala señal. Los triunfadores llegan cercados por compromisos e intereses ajenos a la gente. Las campañas usan, perversamente, la miseria material de muchos.

Por  Jaime  Septién 

Las elecciones se están convirtiendo en fuegos de artificio, en espectáculo de televisión, en plataforma del miedo. Mala señal. Los triunfadores llegan cercados por compromisos e intereses ajenos a la gente. Las campañas usan, perversamente, la miseria material de muchos. Y la convierten en miseria moral: comprar el voto por una cubeta, una lámina, una camiseta, una triste despensa (que pagamos los que pagamos impuestos), es una indignidad que tirios y troyanos explotan. A veces más los tirios. A veces más los troyanos…

Escucho de tantos que no fueron a votar «porque no le veían caso». La fatalidad convertida en norma de vida. Y manejada con habilidad por la tele. El domingo 1 de julio había fut, lluvia, pereza: «¿ya para qué?» Ni una sola gota de pasión, poca infraestructura intelectual: candidatos líquidos. Entre unos y otros contendientes a puestos de elección popular, el vacío. A veces un chisporroteo. Alguna singularidad honesta. Apenas luz para iluminar el túnel. Pero el horizonte de la política y de los políticos; de los partidos y los organismos que los cuidan, es tan lúgubre como un sótano de vecindad.

No quiero hablar de los retos que enfrentará Peña Nieto o de las facturas que deja Calderón Hinojosa. Me da la impresión de que equivocamos el camino. Esperando que el cambio «nos venga desde el de arriba», nos olvidamos de la acción «desde abajo». ¿A poco usted o yo no tenemos nada que aportarle a un México diferente? Una hora a la semana sería suficiente. Si esa hora se dedicara a comprender alguna tristeza, remediar una deficiencia, conquistar una sonrisa. Los de a pie somos –así, simple y llanamente—la solución. No necesitamos salir en los medios. No necesitamos que nos empujen o nos reconozcan. Necesitamos –ya—empezar.

«Sí, qué bonito, pero ¿dígame cómo?». Se lo digo, con mucho gusto (para entenderlo yo). Dele una hora a la semana a un enfermo, a una analfabeta, a un pobre, a un abandonado, a un menesteroso, a un apesadumbrado. Háblele de la belleza. Léale, enséñele algo, dele de comer, de beber, de vivir. Sálvelo, salvándose usted. Dígale que pertenece a algo muy grande. Que hay esperanza. Música, poesía, gracia y perdón. Verá que respiran mejor: el otro y usted.

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