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La Navidad: tratamiento y cura Imprimir
Escrito por J. Jesús Ramírez Andrade   
Domingo 23 de Diciembre 2007

CORRESPONDENCIA

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La navidad es la época más hermosa del año, en la que celebramos con júbilo el acontecimiento más grandioso en la historia de la humanidad: el nacimiento del niño Jesús en el portal de Belén.

El evocador ambiente que vivimos nos envuelve en una agradable sensación de paz y alegría. En los templos, hogares, centro histórico de la ciudad, establecimientos comerciales, dependencias oficiales, lucen bonitos motivos navideños, entre ellos los nacimientos adornados con representaciones bíblicas de la Virgen María, San José, el Niño Jesús, los pastorcitos, los animales del campo, los árboles de navidad con sus foquitos de colores, que encienden y se apagan a semejanza de las estrellas que cintilan en el oscuro cielo, completando la armonía de esta grata representación la música navideña, sin faltar las tradicionales posadas, a donde acude la gente mayor y los chiquillos alegres y ansiosos de quebrar las piñatas y recibir sus aguinaldos que contienen dulces, galletas y frutas de la temporada.

El deseo de Jesús es nacer en Espíritu en el deteriorado portal de Belén de nuestro corazón. En muchos casos, en forma de una débil idea o sentimiento de amor, o bien buscando fórmulas para eliminar algún vicio, en cuyo caso debemos alimentar a Jesús Pensamiento con reflexiones positivas para que crezca en nuestro interior, y nos mueva a realizar buenas acciones.

No dejemos que los ruidos estridentes de la mala música, las malas lecturas, el mal uso de la televisión, emboten nuestra mente y nos lleven a cometer errores.

Cabe preguntar: ¿A qué vino Jesús a este mundo? Él mismo nos lo hace saber cuando nos dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

En realidad toda la doctrina de Jesús tiene la finalidad de que el hombre viva sano y feliz a pesar de la miseria humana a que se hizo acreedor por su desobediencia (cfr. Gén 2,5).

Consideramos algunas de sus enseñanzas:

Amor a los enemigos.- «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mt 5,44). El amor es la fuerza del espíritu que tiene mayor poder curativo. Estudios científicos demuestran que las personas que viven en paz y hacen gratificantes sus relaciones humanas están más protegidas contra la muerte que la gente menos sociable, por lo que hay buenas razones para ser amable. (cfr. Muy interesante,1989).

En contraposición al amor, el odio es un veneno mortal que se genera en el interior del ser humano y es motivado por un sentimiento de infelicidad, al no tener el bien que se desea o por ofensas recibidas no superadas.

El odio y el resentimiento se eliminan reflexionando sobre los beneficios que nos reporta un buen estado de salud, al rechazar los pensamientos negativos. «Guarda tu corazón con toda cautela porque de él mana la vida» (Prov 4,23).

Analicemos algunos pensamientos que dan fuerza a nuestra vida.

La bondad.- La bondad es el valor humano que nos mueve a hacer el bien a nuestros semejantes. Investigadores de la Universidad Emory, EU, descubrieron que ayudar a los necesitados sin esperar recompensas activa los centros de placer del cerebro: son las mismas zonas que reaccionan ante estímulos positivos como la comida y el dinero (cfr. Selecciones del Reader’s Digest, agosto 2001).

La alegría.- Es un estado de ánimo que engendra salud y vigor.

La Biblia nos dice: «Corazón alegre es buen remedio, mas el espíritu abatido seca los huesos». (Prov. 17,22).

También leemos en la Biblia: «Alegraos en el Señor siempre, no os inquietéis por cosa alguna» (Flp 4,4).

Un efecto contrario produce la tristeza. En el libro del Eclesiástico 38,19 dice: «La tristeza origina la muerte y la tristeza del corazón consume el vigor».

Apoyados en la nueva ciencia llamada Psiconeuro-inmunología los médicos han comprobado que el sistema inmunológico no funciona cuando tenemos la moral muy baja. El cerebro influye en él, por las conexiones nerviosas y las hormonas. La tristeza atrae los virus y bacterias que enferman el organismo (cfr. Muy Interesante, 1989).

Jesús quiere que los dones que de Dios hemos recibido los apliquemos en beneficio de nuestros semejantes, y así llama a los médicos para que participen en su obra de sanación: «no necesitan médicos los sanos, sino los enfermos» (Lc 5,31).

Muchos médicos seguían a Jesús porque sanaba toda clase de enfermedades, incluso las que para ellos no tenían remedio, e impresionado por sus milagros, el médico Lucas escribió los acontecimientos de la vida de Jesús. Refiriéndose a los enfermos, el médico Ambrosio Paré, denominado «padre de la cirugía», se expresa de esta manera: «Yo les doy el tratamiento pero Dios los cura».

J. Jesús Ramírez Andrade

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