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Mediocracia Imprimir
Escrito por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.   
Domingo 08 de Julio 2012

TRIPAS DE FRAILE

Image En la democracia se valoran los contenidos; en la mediocracia, los titulares. Pablo Antillano

Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

La arrolladora fuerza social ejercida por los periodistas y demás expositores del llamado cuarto poder de Estado, los medios de comunicación, para modelar la opinión pública y adjudicarse lo que en un plano de honestidad debería limitarse a interpretar, no a proponer: cómo debe ser dicha opinión pública, propicia que los secuaces del sistema capitalista que hasta hoy domina buena parte del planeta, militando bajo el estandarte de la «libertad de expresión» vendan al mismo precio el grano y la paja. Y no obstante esto, ello es preferible a la censura de los totalitarismos.

El ejercicio del poder desde los medios de comunicación, bautizado como «mediocracia», sufre entre nosotros el estigma de bailar al son que le toquen. No podemos quejarnos por ello. Mientras no madure el poder ciudadano, los «medios» seguirán en manos de mercaderes, deseosos tan sólo de servir como un mero soporte a propuestas que de forma abierta y nítida quieren seducir a potenciales clientes, o de forma oscura y perversa, negocian con los amos en turno la venta de silencio o los asustan con campañas de lodo si no obtienen todas las tajadas de poder que desean. Falta mucho para que el poder ciudadano alcance un mínimo de madurez; pero hacia allá caminamos y tal cosa se dará desde el horizonte amplísimo de la revolución de los medios electrónicos, ruta de inimaginables y universales alcances.

Entretanto, convivamos y sobrellevemos con estoicismo que durante una etapa de transición como la nuestra, los procesos electorales, la propaganda política siga orientando la intención del voto ciudadano a favor o en contra de tales o cuales ideologías.

Curándome en salud, expongo ahora un manifiesto personalísimo valiéndome de un medio de comunicación como lo es este semanario, para disentir, acicateado por un incidente que no pasaría de ser una vacilada si no hubiera rebasado las fronteras locales, merced al favor que hoy alcanzan las noticias picantes, de un partido político. Me refiero a la puntada que ha tenido en Jalisco el empavesado representante del bando que entre nosotros ha secuestrado a la izquierda política mexicana.

Dicho señor acomodó a una de sus amasias como aspirante a una diputación federal por uno de los distritos de la capital del Estado, algo ni raro ni único. Lo grotesco comienza cuando a la damisela en cuestión, incapaz de distinguir entre el quehacer político y la pasarela de un table dance, le ha dado por publicitar su candidatura exhibiendo sus abultadas carnes sin nada que evite al espectador la pena de ver una complexión del todo ajena al canon de la figura humana que heredamos de los griegos. No satisfecha con eso, arguyendo que «Dos corazones valen más que mil prejuicios» –así se califica ahora a cualquier principio de orden-, la descocada damita invierte recursos públicos para difundir la caricatura grotesca de lo que nunca será un sistema democrático.

Porque la democracia es libertad, no el libertinaje de una frívola y menguada émula de la Cicciolina -aquella vedette erótica que, bajo la divisa «mis tetas nunca han hecho daño a nadie», ocupó una diputación por el Partido Radical Italiano-, que en honor a la verdad nunca promovió la aniquilación de la familia como lo hace la jalisciense, protegiendo el aborto inducido y la tutela jurídica a las uniones contrarias a la naturaleza. Cierto es que Calígula nombró senador a su caballo, pero haciéndole justicia a Incitatus, estamos seguros que éste jamás propuso barrabasadas de este jaez.

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