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Escrito por Javier Algara   
Domingo 26 de Agosto 2007

VIGÍA

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Indudablemente que Dios está aprovechando YouTube.com para seguir enseñándonos.

Por Javier Algara

Un monje joven —según cuentan las Sentencias de los Padres del Desierto— le pregunto a su maestro cuál era la fórmula para alcanzar la paz. La respuesta: «No desprecies ni condenes a nadie y Dios te dará la paz, y tu vida será tranquila». Es un eco de aquellas palabras de Jesús narradas por san Lucas (6,37): «No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados». Este consejo evangélico es, sin duda alguna, simple sentido común. Creyentes y no creyentes sabemos que la maledicencia y el prejuicio son acciones totalmente improductivas en lo que se refiere al logro de la felicidad. En el fondo del corazón tenemos la certeza de que la verdad es la que debe guiar nuestro juicios sobre los demás. No obstante, la tentación de dejarnos llevar por las simples apariencias minimizando y ridiculizando a los demás es muy poderosa. La crítica y la burla forman parte de nuestra vida diaria. Es el viejo Adán que no ceja en su empeño de hacerse dios y de querer determinar qué o quién es bueno o malo. El verdadero Dios, sin embargo, sigue aprovechando cualquier oportunidad para reforzar su enseñanza. Y, hoy día, parece valerse incluso de las facilidades ofrecidas por la comunicación moderna, como el YouTube.

Hace poco, en Britain’s Got Talent, un programa de aficionados de la TV inglesa en la que se aparecen magos, bailarines, domadores, cantantes, y otros aspirantes a la fama, se presentó Paul Potts, un desaliñado joven vendedor de teléfonos celulares, desgarbado, mal vestido, poco agraciado de porte y hasta con un diente malformado. A la pregunta de los jueces acerca de lo que pretendía hacer, el joven contestó simplemente: «cantar ópera». Los jueces se miraron entre sí como presintiendo un desastre artístico; el público hizo gestos de desagrado: ¿Qué se podía esperar de ese señor que ni siquiera hablaba inglés correctamente? Pero ya desde las primeras notas de Nessun dorma, de Puccini, el público asistente quedó fascinado por la calidad, la belleza y la fuerza de la voz del cantante. Era un milagro de belleza inesperada. La actitud del público cambió instantáneamente de desprecio a asombrada aclamación. Los espectadores no podían evitar las lágrimas, y los jóvenes, ordinariamente menos dispuestos a gustar de ese tipo de composiciones, brincaban de júbilo en los asientos, respondiendo con ovaciones a cada momento importante de la melodía. Los jueces, ordinariamente críticos y mordaces, se quedaron sin palabras. Los que hemos tenido oportunidad de ver el video (www.youtube.com/watch?v=9oxTy7KIAaA ) no podemos dejar de disfrutarlo una y otra vez, y compartir en cada repetición, con algunos pañuelos desechables a la mano, los sentimientos del público que asistió a la presentación en vivo.

No cabe duda que gran parte de la emoción que provocó Paul Potts en su presentación se debió precisamente al tremendo contraste entre el sentimiento predominantemente deprecativo que privaba en todos al verlo aparecer en el escenario y el que surgió al escucharlo cantar. Admiración por la maravilla de su voz incomparable, entremezclada con el reconocimiento impactante y graciosamente humillante de haber juzgado por las meras apariencias. Ambas verdades producen gozo y paz. Indudablemente que Dios está aprovechando YouTube.com para seguir enseñándonos.

Puede ver el video aquí:


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