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Escrito por Gilberto Hernández García, O.F.M.   
Domingo 23 de Diciembre 2007

ALACENA

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Más que una representación nostálgica de un acontecimiento pasado, el «Nacimiento» es una fuerte apelación a nuestra forma de relacionarnos con Dios.

Por fray Gilberto Hernández García, O.F.M.

«Belén» en España y el resto de Europa, «Pesebre» en casi todo Sudamérica, «Nacimiento» en México y Centroamérica: así es como se conoce a la representación del nacimiento de Jesús de Nazaret, hecha de manera pictórica o escultórica, y que forma parte insustituible de las tradiciones propias de las festividades navideñas en la Iglesia católica.

Así lo cuenta Tomás de Celano

Cuenta Tomás de Celano, un biógrafo contemporáneo de san Francisco, que el pobrecillo de Asís, en la navidad de 1223 —tres años antes de su gloriosa muerte—, cerca de Greccio, tuvo el deseo de «celebrar la memoria del niño que nació en Belén» y quiso contemplar de alguna manera con sus propios ojos «lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno», por lo que dispuso que se preparara una representación del feliz acontecimiento. Cuando la gente invitada llegó ante la escenificación y contemplaron «el nuevo misterio», saborearon «nuevos gozos»; mientras los hermanos cantaban las alabanzas del Señor y toda la noche transcurrió entre cantos de alegría. «El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo». «Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén».

Nada de fríos cálculos

Esa idea, tan nueva como ingenua, había salido de él espontáneamente, sin haber hecho fríos cálculos: brotó cordialmente con la única pretensión de ver y hacer ver a sus hermanos, con ojos de niño, el acontecimiento feliz de la salvación en su encarnación, al mismo Dios «en su dulce advenimiento».

Podemos decir que en aquel «Pesebre», en aquel «Belén», en aquel «Nacimiento», Francisco de Asís «reinventó» la ternura de Dios, como «ningún teólogo lo había hecho jamás». San Francisco, aquella noche, nos devolvió la sensibilidad ante el Nacimiento de Dios-Hijo.

Nadie ha conseguido destruir el espíritu de la Navidad

Y es que, más que una representación nostálgica de un acontecimiento pasado, el «Belén», el «Nacimiento», el «Pesebre», es una fuerte apelación a nuestra forma de relacionarnos con Dios. El impacto del acontecimiento del nacimiento de Jesús de Nazaret es tan grande y trascendente que nunca más ha podido ser olvidado. Dos mil años después todavía lo seguimos recordando y celebrando, de una u otra forma, en todo el mundo. Esa es, en parte, la magia de la Navidad, aunque bien es cierto que ha sido secularizada por el Papá Noel, y ha entrado en el mercado con los regalos de Santa Claus; sin embargo, nadie ha conseguido todavía destruir el espíritu de la Navidad.

¿Cuál es ese espíritu de la Navidad que contemplamos en la representación del nacimiento, que hemos recibido como legado de Francisco de Asís? Vemos en el pesebre a un Niño, a Jesús.

El ser humano, por malo que sea, si Dios ha querido ser uno de ellos, debe entonces esconder un valor muy grande. Por último, el Niño, Jesús indefenso, representa la creencia de que es posible un mundo diferente, de inocencia, de mirada sin malicia y de pura alegría de vivir. ¿Seremos capaces de mantener con vida este sueño?


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