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«La crisis de la sociedad es la crisis de las familias» Imprimir
Escrito por Mary Velázquez Dorantes   
Domingo 10 de Junio 2012

Image El sacerdote Álvaro Correa, Legionario de Cristo, es licenciado en teología y formador de seminaristas. Con motivo de la Jornada Mundial de las Familias, platicó con El Observador sobre los retos de la célula de la sociedad.

El sacerdote Álvaro Correa, Legionario de Cristo, es licenciado en teología y formador de seminaristas. Ha escrito nueve libros pensando siempre en dar una palabra de aliento y consejo a las familias. Entre ellos se destaca Mirko, la amistad en el corazón de un niño (Ed. El Arca), Pinceladas de oración (Ed. Trillas), y los cuentos de Navidad: “Cinco minutos con el Niño Jesús” y “Milagro en la montaña” (Ed. El Arca).

¿Cómo entendemos la realidad de la familia?

La familia, como realidad social, es esencialmente la base de toda comunidad humana. El desafío surge en los modos de comportamiento que la sociedad va adoptando, no siempre claros y afincados en los principios de fe y moral cristianas. En consecuencia, se plantea a las familias cristianas una cuestión de elección en coherencia con su credo, y de feliz replanteamiento de su vocación de ser «sal y luz» del mundo.

¿Cuál es el papel de la Iglesia dentro de la familia?

Quizás la pregunta se podría modificar en «cuál es el papel de la familia como Iglesia». La respuesta sería, básicamente: que sea fiel a Cristo, como cabeza; que se nutra constantemente de los sacramentos, especialmente de la Reconciliación y de la Eucaristía. Las familias viven el misterio de la Iglesia en primera persona, desde que las aguas del Bautismo han sido derramadas sobre sus cabezas. No habrá, por tanto, ningún aspecto personal ni familiar que escape a esta realidad: ¡somos cristianos! Y, como tales, los padres e hijos han de llevar una vida agradable a los ojos de Dios y de edificación para los demás.

¿Cómo enfrentar la crisis de la familia como institución social?

La crisis de la sociedad es una crisis de las familias y viceversa. En el fondo hablamos de cada hombre y mujer. Lo necesario es que cada uno de nosotros viva con generosidad y amor, superando los egoísmos, y con fe sobrenatural, para apuntar la mirada sobre los márgenes meramente humanos y pasajeros. Las familias unidas, entusiastas, abiertas a la vida, llenas de esperanza, de corazón repleto de amor y de fe, son la respuesta. Las crisis de las familias corresponden a la pérdida de la fe en Dios y la confianza en el hombre mismo, al ir reemplazando el amor por ese sutil egoísmo que carcome toda relación interpersonal.

¿Cómo se adaptan los roles considerados «nuevas familias»?

Dicho lo anterior, habría que volver siempre al inicio, a ese plan de Dios sobre el hombre y la mujer que llevamos inscrito en nuestro propio cuerpo y psicología. El beato Juan Pablo II desarrolló toda una «teología del cuerpo», en 129 catequesis sobre el amor, la sexualidad humana y el matrimonio, que impartió entre septiembre de 1979 y noviembre de 1984. El Papa invita a caminar hacia un redescubrimiento del Evangelio de Dios sobre el amor conyugal, la sexualidad humana y la vida que surge del matrimonio, es decir, de la familia, y todo ello en total fidelidad al Magisterio de la Iglesia. Las «nuevas familias», por tanto, vienen siendo unas «adaptaciones», tantas veces forzadas y deformantes por razón de presiones sociales y políticas. El hombre es una unidad de cuerpo y de espíritu, y esto garantiza su «rol» dentro de la familia, entendida como unión estable de hombre y mujer.

¿Cómo explica el Magisterio de la Iglesia la importancia de la familia como núcleo social?

La «carta magna» sobre el Magisterio de la Iglesia en cuanto a la familia se condensa en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, de Juan Pablo II. Cito al profesor Jesús Ginés: «Efectivamente, la familia es la que crea vínculos 'vitales y orgánicos' con la sociedad. Ahí nacen y se perfeccionan los ciudadanos, tanto los buenos como los malos ciudadanos. Porque la familia es una especie de centro experimentador de virtudes humanas, donde se aprende mejor que en ninguna otra instancia el carácter gratuito de la relación humana. Sólo cuando la persona se enfrenta a una relación hostil, comienza a desarrollar autodefensas e incluso formas de agresividad y rechazo. En una familia que fomenta las relaciones de afecto esto sería prácticamente imposible que ocurriera. Las familias deberán ser protagonistas de la política familiar, so pena de convertirse en víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia. El Estado no podrá ni deberá substraer a las familias lo que éstas realicen bien por sí solas o asociadas». Esta es, en síntesis, la importancia que el Magisterio concede a la familia como núcleo social, consciente de que es la familia donde el hombre es amado por sí mismo.

Por: María Velázquez Dorantes.

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