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Algunos han traicionado la gracia recibida con la Ordenación Imprimir
Escrito por El Observador   
Domingo 10 de Junio 2012

CONTEXTO ECLESIAL

Image Este viernes 15 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, coincide con la Jornada Mundial de Oración para la Santificación del Clero. Publicamos algunos puntos sobresalientes de la Carta a los sacerdotes que el prefecto de la Congregación para el Clero, cardenal Mauro Piacenza, y el secretario del dicasterio, arzobispo Celso Morga Iruzubieta, han dirigido a todos los ministros ordenados. Igualmente, presentamos una oración para pedir por ellos, y un resumen del examen de conciencia propuesto por la Congregación para el Clero

+ La expresión de la Escritura «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1Ts 4, 3), aunque vaya dirigida a todos los cristianos, se refiere en modo particular a nosotros, los sacerdotes, que hemos aceptado no sólo la invitación a santificarnos, sino también a convertirnos en ministros de santificación para nuestros hermanos.

+ Este es nuestro estupendo destino: no podemos santificarnos sin trabajar para la santidad de nuestros hermanos, y no podemos trabajar para la santidad de nuestros hermanos sin que antes hayamos trabajado y trabajemos para nue stra santidad.

+ Preguntar a un catecúmeno: «¿Quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle: «Quieres ser santo?». En el día de nuestra ordenación sacerdotal esta misma pregunta bautismal resonó de nuevo en nuestro corazón, pidiendo una vez más nuestra respuesta personal; pero se nos ha confiado para que supiésemos dirigirla también a nuestros fieles, custodiando su belleza y preciosidad.

+ A distancia de diez años —considerando que las noticias difundidas se agravan— debemos dejar que resuenen de nuevo en nuestro corazón, con mayor fuerza y urgencia, las palabras que Juan Pablo II nos dirigió el Jueves Santo del año 2002: «Además, en cuanto sacerdotes, nos sentimos en estos momentos personalmente conmovidos en lo más íntimo por los pecados de algunos hermanos nuestros que han traicionado la gracia recibida con la Ordenación, cediendo incluso a las peores manifestaciones del mysterium iniquitatis que actúa en el mundo. Se provocan así escándalos graves, que llegan a crear un clima denso de sospechas sobre todos los demás sacerdotes beneméritos, que ejercen su ministerio con honestidad y coherencia, y a veces con caridad heroica. Mientras la Iglesia expresa su propia solicitud por las víctimas y se esfuerza por responder con justicia y verdad a cada situación penosa, todos nosotros —conscientes de la debilidad humana, pero confiando en el poder salvador de la gracia divina — estamos llamados a abrazar el mysterium Crucis y a comprometernos aún más en la búsqueda de la santidad».

+ Como ministros de la misericordia de Dios sabemos que la búsqueda de la santidad siempre se puede retomar, a partir del arrepentimiento y el perdón. Pero a la vez sentimos la necesidad de pedirlo, cada sacerdote, en nombre de todos los sacerdotes y para todos los sacerdotes.



ORACIÓN

Oh Jesús mío, te ruego por toda la Iglesia: concédele el amor y la luz de tu Espíritu y da poder a las palabras de los sacerdotes para que los corazones endurecidos se ablanden y vuelvan a Ti, Señor.

Señor, danos sacerdotes santos; Tú mismo consérvalos en la santidad. Oh Divino y Sumo Sacerdote; que el poder de tu misericordia los acompañe en todas partes y los proteja de las trampas y asechanzas del demonio, que están siendo tendidas incesantemente para las almas de los sacerdotes.

Que el poder de tu misericordia, oh Señor, destruya y haga fracasar lo que pueda empañar la santidad de los sacerdotes, ya que Tú lo puedes todo.

Oh mi amadísimo Jesús, te ruego por el triunfo de la Iglesia, por la bendición para el Santo Padre y todo el clero, por la gracia de la conversión de los pecadores empedernidos.

Te pido, Jesús, una bendición especial y luz para los sacerdotes, ante los cuales me confesaré durante toda mi vida.

Santa Faustina Kowalska



Un examen de conciencia para sacerdotes

1. «Por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad » (Jn 17, 19). ¿Me propongo seriamente la santidad en mi sacerdocio?

2. «Éste es mi cuerpo» (Mt 26, 26). ¿El santo sacrificio de la Misa es el centro de mi vida interior? ¿Me preparo bien, celebro devotamente? ¿Constituye la Misa el punto de referencia de mi jornada para alabar a Dios, darle gracias, recurrir a su benevolencia y reparar mis pecados y los de todos los hombres?

3. «El celo por tu casa me devora» (Jn 2, 17). ¿Celebro la Misa según los ritos y las normas establecidas,con los libros litúrgicos aprobados?

4. «Permaneced en mi amor» (Jn 15, 9). ¿Soy fiel a la visita cotidiana al Santísimo Sacramento?

5. «Explícanos la parábola» (Mt 13, 36). ¿Medito asiduamente la Sagrada Escritura?

6. Es preciso «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18, 1). ¿Celebro cotidianamente la Liturgia de las Horas integralmente, digna, atenta y devotamente? ¿Soy fiel a mi compromiso rezando en nombre de toda la Iglesia?

7. «Ven y sígueme» (Mt 19, 21). ¿Observo con alegría el compromiso de mi amor hacia Dios en la continencia del celibato? ¿Me he puesto en la ocasión próxima de pecar contra la castidad? ¿Representa mi vida, para los fieles, un testimonio del hecho de que la pureza es algo posible, fecundo y alegre?

8. «¿Quién eres Tú?» (Jn 1, 20). En mi conducta habitual, ¿encuentro elementos de debilidad, de pereza, de flojedad? ¿Soy coherente en todas mis acciones con mi condición de sacerdote?

9. «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8, 20). ¿Amo la pobreza cristiana? ¿Pongo mi corazón en Dios y estoy desapegado, interiormente, de todo lo demás? ¿Estoy dispuesto a renunciar, para servir mejor a Dios, a mis comodidades actuales, a mis proyectos personales, a mis legítimos afectos? ¿Poseo cosas superfluas, realizo gastos no necesarios?

10. «Has ocultado estas cosas a sabios y inteligentes, y se las has revelado a los pequeños » (Mt 11, 25). ¿Hay en mi vida pecados de soberbia, irritación, resistencia a perdonar, tendencia al desánimo, etc.? ¿Pido a Dios la virtud de la humildad?

11. «Al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34). ¿Puedo afirmar sinceramente que amo a la Iglesia y que sirvo con alegría a su crecimiento, sus causas, a cada uno de sus miembros, a la humanidad?

12. «Tú eres Pedro» (Mt 16, 18). «Nada sin el obispo», decía san Ignacio de Antioquía: ¿están estas palabras en la base de mi ministerio sacerdotal? ¿Rezo especialmente por el Santo Padre, en plena unión con sus enseñanzas e intenciones?

13. «Que os améis los unos a los otros» (Jn 13, 34). ¿He criticado a mis hermanos en el sacerdocio? ¿He estado al lado de los que sufren por enfermedad física o dolor moral? ¿Trato a todos mis hermanos sacerdotes y también a los fieles laicos con la misma caridad y paciencia de Cristo?

14. «Yo soy el camino, la verdad y la vida » (Jn 14, 6). ¿Conozco en profundidad las enseñanzas de la Iglesia? ¿Las asimilo y las transmito fielmente?

15. «Vete, y en adelante, no peques más» (Jn 8, 11). El anuncio de la Palabra de Dios ¿conduce a los fieles a los sacramentos? ¿Me confieso con frecuencia? ¿Estoy ampliamente disponible a la dirección espiritual de los fieles dedicándoles un tiempo específico? ¿Preparo con cuidado la predicación y la catequesis? ¿Predico con celo y con amor?

16. «Llamó a los que Él quiso y vinieron junto a Él » (Mc 3, 13). ¿Estoy atento a descubrir los gérmenes de vocación al sacerdocio y a la vida consagrada? ¿Pido a los fieles rezar por las vocaciones y por la santificación del clero?

17. «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a se rvir» (Mt 20, 28). ¿He tratado de donarme a los otros en la vida cotidiana?

18. «Tengo sed» (Jn 19, 28). ¿He rezado y me he sacrificado verdaderamente por las almas que Dios me ha confiado? ¿Cumplo con mis deberes pastorales?

19. «¡Ahí tienes a tu hijo! ¡Ahí tienes a tu madre!» (Jn 19, 26-27). ¿Recurro a la Santa Virgen para amar y hacer amar más a su Hijo Jesús? ¿Reservo un espacio en cada jornada al Santo Rosario?

20. «Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23, 44). ¿Soy solícito en asistir y administrar los sacramentos a los moribundos? ¿Considero en mi meditación personal, en la catequesis y en la ordinaria predicación la doctrina de la Iglesia sobre los Novísimos? ¿Pido la gracia de la perseverancia final e invito a los fieles a hacer lo mismo? ¿Ofrezco frecuentemente y con devoción los sufragios por las almas de los difuntos?

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