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Creo que la sencillez, contraria a la churrigueresca forma de
pensar de muchos de nosotros los católicos, nos puede abrir al lenguaje
abierto en la oración, al diálogo directo con Dios, con nuestro Dios
Padre que nos ama.
Por Mayela Fernández de Vera Con los aprendizajes de la vida y con los académicos, nos vamos llenando de conceptos para llegar a la verdad y cada vez más nos alejamos de ella. Después de mucho tiempo de investigaciones, conferencias y cursos especializados, pareciera que los católicos llegamos al lugar privilegiado de nuestra fe, al terreno asequible sólo a los estudiosos; sin embargo, puede ser que después de tanto esfuerzo lleguemos al lugar donde siempre hemos estado, lleguemos a la verdad en la que estamos inmersos, con la ignorancia simplona que ilustra Chesterton en su libro Ortodoxia con el yachtman inglés que erró levemente su ruta y descubrió Inglaterra, convencido de haber descubierto una nueva isla en los mares del sur. San Juan de la Cruz, en su libro Para principiantes , nos indica cuánto se pierde nuestra alma en los deseos desmedidos que son apetitos desordenados. Unos de esos deseos desmedidos pueden ser la gula y la lujuria en el afán de saber más de nuestra fe, justificando estos vicios y disfrazándolos como un intento de acercarse más a Dios. En estos dos vicios capitales San Juan no limita la gula al deseo desmedido de comer alimentos ni la lujuria al deseo sexual desordenado, sino que muestra cómo cualquier deseo que no tenga por intención sincera el amor, se convierte en un apetito desordenado, en un vicio capital. Por eso, si en nuestro examen de conciencia encontramos que el móvil para saber más de nuestra fe se debe al hecho de satisfacer nuestro ego, cumplir con una autoimagen de cristiano docto, nos daremos cuenta de que en realidad estamos movidos por la soberbia, no por amor a Dios. Si nuestro deseo de saber más que nuestros hermanos es el que nos mueve a estudiar más, entenderemos que no es por afán de entender la palabra de Dios, sino que la satisfacción de tener el poder del conocimiento nos habrá hecho caer en el vicio dela lujuria intelectual, y si nos invade un deseo insaciable de saber más sin un sentido de amor, habremos caído en el vicio de la gula intelectual. Con qué sencillez hablan los santos, cómo parafrasean las enseñanzas de Jesús en su propia vida. A esto estamos llamados, no sea que nos convirtamos en Quijotes que busquen hazañas imposibles y aventuras fabricadas del catolicismo moderno. No podemos agregar ni una sola palabra a la Palabra de Dios; para vivir en amor, sólo ésta nos basta. |