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NIÑOS 
Nosotros acogemos a Cristo cuando tratamos de conocer su persona y su mensaje. Cuando procuramos acomodar nuestra vida a su enseñanza. Cuando lo amamos y amamos en su nombre a nuestros prójimos.
Por el padre José Luis Martín Descalzo Galael era un ángel que nunca había bajado a la tierra. Hasta que un día, o mejor una noche, obtuvo licencia del Señor para venir a cantar el «Gloria in excelsis Deo», en la fiesta de la Navidad. Había visto en el cielo a Jesús resucitado, a Nuestra Señora y a los santos, e imaginaba que todos los hombres eran maravillosos. Pero, con gran tristeza, pudo comprobar lo contrario. Aunque era Navidad, encontró a mucha gente que seguía siendo egoísta, avara, violenta. Pero algo más: en una concurrida calle, un taxista lo atropelló, fracturándole una pierna. Nuestro ángel se regresó entonces en muletas a la Gloria y, después de la amarga experiencia, dedujo: a pesar de la encarnación de Cristo, la humanidad sigue siendo depravada y mezquina. San Juan nos dijo en el prólogo de su Evangelio: «A cuantos lo recibieron, Cristo les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre». Esta es la gran noticia en estos días de Navidad: Dios se ha hecho hermano nuestro y quienes lo aceptamos por la fe podemos alcanzar un nivel superior de existencia. Todo el prólogo de san Juan explica el encuentro maravilloso entre Dios y nosotros. Pero el evangelista no oculta el lado negativo de la historia: «La luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió». «Dios vino a los suyos y los suyos no lo recibieron». Aunque más adelante añade: «La Palabra de Dios acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad». De un lado están entonces aquellos que no reciben a Cristo. De otro, quienes lo acogen. En aquel tiempo se aceptaba al peregrino brindándole bebida y alimento, y un espacio donde plantar su tienda. Nosotros acogemos a Cristo cuando tratamos de conocer su persona y su mensaje. Cuando procuramos acomodar nuestra vida a su enseñanza. Cuando lo amamos y amamos en su nombre a nuestros prójimos. Es Navidad. Y Cristo Dios y Hombre resuena por todos los rincones de la Tierra. La celebraciones, los villancicos, las plegarias, las lecturas sagradas, la comunicaciones de todo orden que envuelven al planeta... porque es Navidad. Que no sea esta fecha un día pasajero que se esfuma en el tiempo sin dejarnos su huella. Levantemos los ojos al Señor. Él se hizo hombre para que nosotros, de alguna forma, fuéramos divinos. San Pedro escribió en una carta que «por la gracia participamos de la naturaleza de Dios». Lo cual es posible, en la medida en que aceptemos a Jesús como Salvador. En necesario probarle a Galael, el ángel cojo, que no todos los hombres hemos olvidado a Jesucristo. Que Él nos ha cambiado el corazón a muchos habitantes de la tierra. Que desde aquella Navidad, cuando él cantó el «Gloria in excelsis» por muchos valles y colinas, el mundo ha empezado a ser distinto. «A cuantos lo recibieron —dice san Juan—, Cristo les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre». |