|
PORTADA 
Desengaño. Éste es quizá uno de los síntomas más impactantes de las sociedades postmodernas del mundo globalizado. Caídas las ideologías, caídos los mitos del progreso, sólo parece quedar el sálvese quien pueda, pero con una buena cuenta corriente en el banco. Y de este modo, con demasiada frecuencia, el desengaño se convierte en cinismo.
Por Jesús Colina / Roma En este contexto, Benedicto XVI ha vuelto a tomar papel y pluma para escribir la segunda encíclica de su pontificado, Spe salvi (Salvados en esperanza), para reflexionar sobre la virtud teologal más desconocida, pero al mismo tiempo la más añorada. Después de haber dedicado al amor su primer gran documento (Deus caritas est, publicado en enero de 2006), esta carta encíclica abre de par en par las ventanas del espíritu al horizonte de la esperanza cristiana: «El elemento distintivo de los cristianos es el hecho de que ellos tienen un futuro»: su vida «no acaba en el vacío». El cristianismo es creer en Alguien «¿Por qué?», se pregunta repetidamente el teólogo y pastor. La respuesta está en que el cristiano no cree en algo —el cristianismo no es ideología, ni un sistema de normas que hay que cumplir—, el discípulo de Jesús cree en Alguien, en alguien vivo, que es más fuerte que la misma muerte: «Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza» -sugiere, sacudiendo las conciencias de los creyentes amodorrados-. La esperanza no es otra cosa que «el encuentro real con este Dios». Como afirmó el mismo Benedicto XVI en el Ángelus que pronunció hace dos domingos, la esperanza «es un don que cambia la vida de quien lo recibe, como demuestra la experiencia de muchos santos. ¿En qué consiste esta esperanza tan grande? En definitiva, consiste en el conocimiento de Dios, en el descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso». Jesús no trajo un mensaje socio-revolucionario, «no era un combatiente por una liberación política», aclara. Trajo «el encuentro con el Dios vivo», con «una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transforma desde dentro la vida y el mundo». Cristo indica «el camino más allá de la muerte»; por eso la esperanza del creyente no se fundamenta en lo pasajero, sino en Dios. Por eso constata, con el realismo típico de Joseph Ratzinger, que la crisis actual de la fe «es, sobre todo, una crisis de la esperanza cristiana». Cómo encontrar la esperanza Pero la encíclica no sólo explica qué es la esperanza; su mayor contribución está, quizá, en mostrar cómo alcanzarla, o más bien, dónde. El primer lugar de aprendizaje de la esperanza —propone— es la oración, pues, «cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios». Luego presenta el actuar como escuela de oración, despejando mil prejuicios sobre esta virtud. La esperanza cristiana es algo muy concreto: «Es esperanza activa, con la cual luchamos para que las cosas no acaben en un final perverso». De este modo «mantenemos el mundo abierto a Dios. Sólo así permanece también como esperanza verdaderamente humana». A esperar se aprende, sobre todo, en los momentos de dolor y sufrimiento, sigue aclarando: «Conviene ciertamente hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento»; sin embargo, «lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito». No hay nada más duro que una vida sin esperanza y no hay nada más bello que una vida henchida de esperanza, incluso en el momento mismo de la muerte. Por último, la esperanza se encuentra al mantener ante los ojos el horizonte último de la vida: el Juicio de Dios: «Sí, existe la resurrección de la carne. Existe una justicia. Por eso la fe en el Juicio final es, ante todo y sobre todo, esperanza». Si, al leer esta encíclica, una persona vuelve a encontrar la esperanza de su vida, Benedicto XVI habrá contribuido a ofrecerle el mayor regalo de su vida. |