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Escrito por Jaime Septién   
Domingo 16 de Diciembre 2007

PÓRTICO

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Son días de gracia, días en los que podemos y debemos pedir perdón a Dios y a los otros por las veces que Lo hemos y los hemos ofendido con la falsa pretensión de nuestro orgullo, con la estrepitosa inflación del yo, con el desdén por la Creación y por la indiferencia ante Su amor.

Por Jaime Septién

La Navidad ha sido uno de los grandes asaltos del materialismo a la esperanza cristiana. Cristo se hizo pobre y pequeñito para recordarnos que es el amor el que salva a los hombres, no la posesión ni el poder del dinero. La gruta de Belén, el pesebre, la posada que se les negó a san José y a la Virgen María, el frío de la intemperie, el llanto que se envuelve en frazadas modestas, no son elementos de decoración: son símbolos de que la realeza del hombre se encuentra en el desprendimiento. Solamente quien se despoja es capaz de servir a los otros; nunca ha habido (ni habrá) un santo apegado a los vaivenes del dinero. La Navidad o nos hace nacer de nuevo a la vida del alma o será como casi siempre una oportunidad perdida; un sueño de Dios entregado a los dioses menores de la modernidad: tener, ganar, usar y tirar.

Son días de gracia, días en los que podemos y debemos pedir perdón a Dios y a los otros por las veces que Lo hemos y los hemos ofendido con la falsa pretensión de nuestro orgullo, con la estrepitosa inflación del yo, con el desdén por la Creación y por la indiferencia ante Su amor. «Quien a Dios tiene / nada le falta», escribió santa Teresa de Ávila en su famosa letrilla. La Navidad es el tiempo sagrado para poder tener a Dios con nosotros; para hacerlo nacer en el fundamento de cada uno; para acompañarlo con el único regalo que Él se merece: la conversión del corazón, el camino enderezado a Cristo, la sencillez extrema de la gruta de Belén. Si tenemos a Dios con nosotros, no nos faltará nada. Iremos caminando hacia la vida más perfecta que es la comprensión de que todo es Gracia, empezando por la Gracia inmensa de la vida, esta vida que bulle en mí y que se ha de quemar ardiendo por los otros.

Desde este rincón de tu periódico, lector amigo, te hago llegar un grande abrazo. Permíteme desearte a ti y a los tuyos lo que decían los antiguos (y qué falta nos hace recuperarlos ahora): que tengas una feliz y santa Navidad, y que la esperanza de Jesús en el pesebre, caliente tu morada, mientras peregrinamos juntos hacia la vida eterna.


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