JHS
   Miércoles 19 de Noviembre 2008   Inicio arrow No. 649 (16 de diciembre de 2007) arrow El Adviento y lo que la Biblia no dice de san Juan Bautista (2)
Inicio
Buscar
Archivo
Contacto
Nosotros
Directorio
Suscripciones
Boletín
¡Escucha México!
Noticias Zenit
Enlaces

Red de periodistas, escritores y medios católicos de habla hispana

El mundo visto desde Roma

Red Global Católica

Valorar la sexualidad de acuerdo al plan de Dios

Iluminando al mundo

El lugar de encuentro de los católicos en la red

Fuentes RSS
El Adviento y lo que la Biblia no dice de san Juan Bautista (2) PDF Imprimir Correo
Escrito por Diana García Bayardo   
Domingo 16 de Diciembre 2007

ESPECIAL

Image

«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». Esta pregunta de Juan no significa que haya tenido dudas respecto de si Jesucristo era el Mesías, revela Anna Katharina Emmerick

«¿Eres Tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?», pregunta Juan Bautista a Jesús a través de sus discípulos en el pasaje del Evangelio correspondiente al tercer domingo de este Adviento (cfr. Mt 11, 2-11). ¿Será que el Precursor no estaba seguro de Jesús? ¿Pensaría en la inutilidad de haber dado toda su vida hasta llegar a la cárcel por preparar la venida del Mesías, siendo que éste aún estaba muy lejos de llegar? Después de anunciar que el hijo de María es «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», ¿de pronto le asaltaban dudas en su corazón?

Si la respuesta fuera afirmativa, en realidad no tendría nada de raro. Casi todos los santos han pasado por la «noche oscura». Sin embargo, continuando con las revelaciones privadas de la beata Anna Katharina Emmerick, encontramos otra explicación a lo preguntado por Juan, y cada vez resulta más claro por qué Jesús dijo: «Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista»:

Sólo vio tres veces al Salvador

«A menudo he visto a Juan el Bautista indicando la dirección por donde Jesús caminaba en esos momentos. Con todo, nunca lo vi junto con Jesús, aunque a veces no estaban a más de una hora de camino, uno del otro.

«Juan, en realidad, vio sólo tres veces en su vida al Salvador. La primera, en el desierto cuando la Sagrada Familia, en su huída a Egipto, pasó cerca de donde estaba Juan. La segunda vez lo vio al bautizarlo. La tercera, cuando pasó junto al Jordán y dio testimonio de Él delante de sus discípulos.

Las mortificaciones de Juan

«He oído que Jesús ponderaba delante de sus discípulos la mortificación de Juan: que en ocasión del Bautismo realizó las ceremonias del rito sólo por cumplir su deber, aunque su corazón estaba quebrantado de amor por su Salvador, por el deseo de estar con Él y seguirle. Dijo también Jesús que Juan se alejaba de su presencia por humildad y mortificación, porque su gusto hubiera sido visitarlo a menudo y permanecer con Él.

«Por otra parte, Juan veía siempre al Salvador en espíritu, pues estaba frecuentemente en estado sobrenatural y profético. Jesús era para él el Salvador del mundo, el Hijo de Dios hecho hombre, el Eterno aparecido en el tiempo; y por eso no podía siquiera pensar en vivir con Él y familiarizarse en su presencia.

«He oído que Jesús decía a sus apóstoles: ‘Él es puro como un ángel; nada impuro, ningún pecado llegó a mancharlo; ni una mentira llegó a sus labios’.

El bautismo de Juan

«Juan bautizó en diversos lugares. Primero en Ainón, cerca de Salem. Luego en On, frente a Bethabara, en la parte occidental del Jordán, no lejos de Jericó. El tercer lugar fue al este del Jordán.

«Los bautizados se colocaban dentro del agua hasta la cintura. Sobre una lengua de tierra estaba Juan, que recogía y derramaba el agua con una concha sobre la cabeza del bautizado, mientras del otro lado estaba uno de los ya bautizados, que ponía la mano sobre los hombros del neófito. Al primero de estos testigos el mismo Juan le había puesto la mano. A los bautizados se les ponía encima un paño blanco. No he visto bautizar aquí a ninguna mujer.

Conmoción que produce el Bautista

«La multitud que llega a Ainón es muy grande. Algunos días Juan deja de bautizar y los emplea en predicar y reprender con energía. Veo muchos grupos de judíos, de samaritanos y de paganos, sentados separadamente, escuchando la predicación de Juan. Son muchos centenares. Escuchan su palabra, se hacen bautizar y parten luego.

«Hubo en Jerusalén una importante reunión del Sanedrín por causa de Juan Bautista. Fueron enviados hombres para que fueran a interrogar a Juan. Debían preguntar a Juan quién era y decirle que se presentara en Jerusalén. Si su misión era verdadera debía presentarse antes en el templo. Le hacían cuestión respecto de su manera de vestir, y por qué bautizaba también a los judíos cuando sólo se acostumbraba hacerlo con los paganos.

«Siguen acudiendo turbas de judíos y paganos. Se nota mucho la afluencia de viajeros provenientes de las regiones de los Reyes Magos.

Anuncia el cercano fin de su misión

«Se acerca el momento del bautismo de Jesús. Veo a Juan muy entristecido. Lo veo perseguido por todos lados. Acudían ya de Jericó, ya de Jerusalén, ya de parte de Herodes, para arrojarlo del lugar del bautismo.

«Cuando Juan recibió aviso de que Jesús se acercaba, cobró nuevos bríos para bautizar. Juan habló a sus discípulos sobre el Mesías y se humilló ante Él de tal manera que aquéllos quedaron contristados. Juan ardía de tal amor por Jesús que casi se manifestaba impaciente de que el Mesías no se declarase más abiertamente.

«Jesús llegó al lugar del bautismo. Juan había ya bautizado a muchos cuando le tocó el turno a Jesús. Después de esto, Juan habló con viveza y gran alegría al pueblo diciendo que Él era el Hijo de Dios y el prometido y esperado Mesías, agregando que pronto él, Juan , desaparecería.

«He ahí al Cordero de Dios»

«Tiempo después Jesús caminaba hacia el Jordán. Estaba como a un cuarto de hora de Juan. Jesús no fue visible para Juan más que por espacio de unos minutos. Se sintió impulsado por el Espíritu Santo, señaló a Jesús, que pasaba, y clamó: ‘He ahí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo’. Jesús pasó rodeado de sus discípulos. Muchos corrieron hacia Jesús cuando oyeron clamar a Juan; pero Jesús ya había pasado y ellos clamaban y lanzaban vivas y le glorificaban, ya sin poder alcanzarle.

Las prisiones de Juan

«Ya una vez Herodes había llevado preso por algunas semanas a Juan, pensando intimidarlo y hacerle cambiar de sentimiento respecto de su conducta con Herodías. Pero atemorizado el rey por la gran muchedumbre que acudía al bautismo, lo había soltado.

«Juan parece ahora, desde que volvió de la prisión, como encendido de nuevo ardor. Clama y un millar de personas escucha constantemente su voz. Habla de Jesús.

«Herodes va al lugar de Juan porque éste predica ahora con más fuerza, porque le suele oír de buena gana y porque quiere saber si dice algo contra él. Con voz potente Juan clamó al pueblo que no se escandalizase del casamiento de Herodes [con su cuñada Herodías]: debían honrarlo pero no imitarlo. Esto alegró e irritó al mismo tiempo a Herodes.

«La fuerza con que ahora clamaba Juan era indescriptible. Su voz era como un trueno y sin embargo dulce y asequible a todos. Parecía que daba todo lo que le quedaba. Hacía tres días que no comía ni bebía: sólo enseñaba y clamaba de Jesús, y repudiaba el adulterio de Herodes.

«La enseñanza había terminado. Herodes, ocultando su irritación, se despidió de Juan amigablemente. Ya oscurecía y los discípulos se habían retirado. De pronto unos veinte soldados rodearon a Juan, quien dijo que los seguiría sin resistencia pues sabía que su tiempo había llegado.

«Empezó a juntarse la gente y decían: ‘Se llevan a Juan’. Se oyó entonces un clamor de llantos y quejas. Querían seguirle pero no sabían qué camino habían tomado.

Seguir a Jesús

«Juan fue llevado primero a una torre de Hesebon. Se reunieron muchas personas delante de la prisión. Juan les dijo que se dirigieran a Aquél que les había señalado, que ya llegaba sobre los caminos preparados; que todos deben dirigirse ahora al Señor Jesús. Decía todas estas cosas tan claras y tan altamente como si todavía estuviera en su antiguo lugar.

«Esta aglomeración de gente ante su prisión y estos discursos de Juan a los de afuera se repitieron varias veces. Juan fue llevado entonces a la prisión de Macherus, a un sótano que tenía aberturas arriba para la luz. Luego Herodes mandó poner a Juan en otra prisión que no tenía vista hacia afuera, de modo que ya no podía ser oído por el pueblo.

Juan envía mensajeros

«Dos discípulos del Bautista fueron enviados por él a Jesús. Eran muy partidarios de Juan y, como no habían visto aún las maravillas de Jesús, Juan los enviaba para que tuviesen ocasión de comprobar la verdad de lo que les había dicho. Les enviaba a decir a Jesús que se manifestara claramente diciendo quién era. Ellos preguntaban a Jesús si vendría pronto a librar a Juan de la cárcel. Decían que esta liberación de Juan sería una maravilla más útil que todas las que había obrado en favor de los enfermos. Jesús les dijo que Juan deseaba verse libre de la cárcel; que pronto sería librado; pero que Juan no creía que Él iría a librarlo de la prisión, puesto que Juan había preparado el camino. Díjole que refiriesen a Juan lo que habían visto.

Predicación y carta de Juan

«Cuándo éstos volvieron con la respuesta de Jesús, narrando sus milagros y sus enseñanzas, y, por otra parte, la persecución de los fariseos y las habladurías sobre Jesús y también de que no se ocupaba de librarlo de la cárcel por exaltarse a Él mismo y otras cosas, se sintió Juan de nuevo movido a dar un testimonio claro sobre Jesús, ya que no había conseguido que este testimonio lo diese más claro el mismo Jesús. Pidió, pues, a Herodes le dejase hablar a sus discípulos y a todos cuantos quisieran oírle, pues pronto no hablaría más. Herodes se lo concedió gustoso pues quería mostrar al pueblo, para congraciarse con él, que Juan gozaba de cierta libertad en su prisión. El Bautista habló con gran entusiasmo de Jesús, y dijo que este pueblo de dura cerviz no quería reconocerlo como Mesías. ¿Habían olvidado acaso lo que ya había dicho de Jesús? Ahora quería decirlo otra vez, pues sentía que su fin estaba cercano. Cuando dijo esto se sintió una conmoción entre los presentes, y muchos lloraban. Herodes también sintió gran inquietud, pues no era su intención matar a Juan.

«El Bautista habló largamente refutando todos los cargos que le hacían los fariseos a Jesús, especialmente de que profanaba el sábado. Dijo que el que no cree en Él y no acepta su doctrina será condenado. Exhorto a todos sus discípulos a seguir a Jesús y que no fueran ciegos que se quedan en la entrada, sino que entren en el templo mismo, es decir, en la doctrina y fe en Cristo.

«Mandó a algunos discípulos con una carta en que puso todo este testimonio sobre Jesús y lo envió a los fariseos de Cafarnaúm. Les mandó a sus discípulos que le leyesen otra carta en el mismo sentido al pueblo. He visto cómo los discípulos hicieron todo esto en Cafarnaúm.

Decapitación del Bautista

«En Macherus se preparaba una serie de fiestas y orgías. A Juan se le había prometido la libertad si aprobaba el casamiento de Herodes con Herodías.

«Salomé apareció con algunas danzantes, con vestiduras transparentes. Toda la danza era un remedo de lo más desvergonzado, y Salomé sobresalía entre las demás. Herodes estaba completamente trastornado por la pasión. Le dijo: ‘Pide lo que quieras, que te daré, aunque sea la mitad de mi reino; te lo juro’. Salomé dijo: ‘Quiero preguntar a mi madre lo que he de pedir’. Volvió y dijo: ‘Quiero que al punto me des la cabeza de Juan en una bandeja’. Solamente pocos de los más cercanos oyeron la petición. Herodes quedó herido como de un rayo; pero ella le recordó su juramento. Él hizo llamar al verdugo y le mandó dar la cabeza de Juan a Salomé. Herodes abandonó la sala como si se sintiera mal.

«Juan estaba en oración. El verdugo hizo entrar a los dos soldados que custodiaban la entrada de la cárcel. Los soldados traían antorchas, pero la luz que había alrededor de Juan hacía aparecer las antorchas como luces encendidas en el día. El verdugo lo decapitó con una especie de máquina. El criado del verdugo levantó la cabeza por los cabellos, se burló de ella, la puso sobre la bandeja y se la entregó a Salomé.

«Herodías insultó esa sagrada cabeza: tomó unas agujas y le traspasó la lengua, los ojos y las mejillas, y la arrojó con furia diabólica al suelo, y con los pies la empujó hacia una abertura donde se solía arrojar los desperdicios de la cocina. Después volvió con su digna hija a la fiesta para continuar sus orgías, como si nada hubiera pasado».

Preparado por Diana R. García B.


Pancarta
De acuerdo con las normas internacionales de Propiedad Intelectual y Derechos de Autor, podrá reproducir parcial o totalmente la información, pero siempre citando nuestra fuente. La reproducción de los artículos y/o noticias firmados con Zenit-El Observador requieren permiso expreso de zenit.org. La publicación de algún artículo no implica compromiso. Los artículos firmados son responsabilidad del autor. D.R. Clip Art de Querétaro, S. de R.L. de C.V. 1995-2008