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FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
La tierra no se parece lo más mínimo al cielo. Después del vuelo, tu corazón sufre ante la idea de volver a la tierra para encerrarse en un cuartel.
Por el padre Justo López Melús El afán de volar lo ha plasmado Gheor-ghiu en un animado monólogo de Igor Poltarev, aviador ruso, con su compañero, Anatole Barsov: —Resulta muy duro para un piloto volver a bajar a tierra. La tierra es angosta y está contaminada. La tierra no se parece lo más mínimo al cielo. Después del vuelo, tu corazón sufre ante la idea de volver a la tierra para encerrarse en un cuartel. —Resulta muy duro bajar del cielo, donde tú eres tu propio dueño, donde las estrellas te cubrían los hombros, como si fueran galones de mariscal. Resulta imposible que no experimentes la misma sensación que yo. Todos los pilotos sueñan lo mismo: volar, volar. Ningún piloto se encuentra a gusto en tierra. Todos sienten nostalgia por las estrellas. Todos, sin excepción. —Marcharse no es una traición, insistió Paltarev. Es una cosa normal en un aviador. No es una traición hacia nuestra tierra. Es, mi querido Barsov, la fidelidad del aviador hacia el cielo. Los pilotos amamos más el cielo que la tierra. Y es natural, porque pertenecemos al cielo en primer lugar. Al marcharnos no traicionamos a nuestra patria, sino a toda la tierra. Es también natural, porque el cielo es más hermoso que la tierra. Por eso sé que tú, que eres un verdadero piloto, volarás conmigo. Así realizaremos juntos nuestro sueño de todas las noches. Sí, todo hemos soñado, durmiendo o despiertos, que teníamos alas y que volábamos. «¡Qué fácil es volar, / qué fácil es! / Todo consiste en no dejar que el suelo / se acerque a nuestros pies» (Machado). Bueno, no es tan fácil como lo pinta el poeta. Pero es una ilusión del corazón a la que no podemos renunciar. |