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A FONDO
La cuaresma es un tiempo de caminar y de ascender, largo y penoso, pero que conduce a un término feliz.
La liturgia describe el tiempo de cuaresma con el símbolo del camino. Es un itinerario guiado por Cristo hacia Jerusalén y una subida al monte santo de la Pascua. La cuaresma es un tiempo de caminar y de ascender, largo y penoso, pero que conduce a un término feliz. Quien camina se pone de pie, se desarraiga del lugar de origen, da el primer paso inseguro pero, conforme avanza, se va reafirmando a la vista de la meta cada vez más cercana; va, en cierto modo, experimentando por adelantado el gozo del término conseguido. Dentro de su dureza, la cuaresma esconde una felicidad profunda que sólo quien lo intenta la puede experimentar. La Iglesia invita, sin rubor alguno, a sus hijos a venir y probar lo bueno que es el Señor. Utilizando el simbolismo bíblico donde «las mismas piedras siguen gritando la Buena Nueva de la salvación» (Benedicto XVI), la liturgia nos ofrece los escenarios de este itinerario y subida a Jerusalén, siguiendo paso a paso las fatigas de Jesús. Israel estaba acostumbrado a subir todos los años a Jerusalén. Jesús cantó los salmos que entonaban los peregrinos que iban «de altura en altura hasta ver a Dios en Sión». Ahora Jesús encabeza e invita a su peregrinación, que inició en el monte de las Tentaciones donde venció a Satanás. En el segundo domingo escalamos el monte Tabor. Allí Moisés y Elías, todo el Antiguo Testamento, hablan con Jesús y confirman que la muerte que le espera no es un accidente fortuito, sino que responde al plan salvador de Dios. Pedro no lo puede entender. Escandalizado por el anuncio de la muerte del Maestro, quiere quedarse en la comodidad del Tabor, negándose a continuar hacia Jerusalén. Pedro es el prototipo del discípulo recalcitrante que, a pesar de ver brillar la luz divina en Cristo y de oír la voz del Padre que le ordena seguir a su Hijo, se detiene en su modo humano de pensar. No piensa como Dios, sino como aliado de Satanás. Es el promotor del turismo de semana santa. En el tercer domingo aparece Jesús en el monte del Templo, donde se proclamará nuevo y verdadero templo de Dios; osadía que le merecerá la condena a muerte. Después vendrá la entrada triunfal a Jerusalén, el monte de los Olivos y el camino al monte Calvario con la subida al trono de la Cruz. Hacia el Traspasado habrá que mirar para obtener la salvación. Este itinerario doloroso culminará en gloria en el monte de la Ascensión. Desde allí el Resucitado se despide bendiciéndonos, no sin antes, desde el monte de la pagana Galilea, enviar a a los suyos a hacer discípulos a todos, «hasta los últimos confines de la tierra». El itinerario que se inició titubeante en la cuaresma concluirá glorioso hasta el fin del mundo. +Mario De Gasperín Gasperín |