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ENSAYOS CRISTIANOS 
Lo preocupante del asunto era que aquel desagrado por mi cuarto en particular había llegado a convertirse en desagrado por la existencia en general. Cuando visitaba alguna casa, yo decía: «¡Señor del Cielo, de qué espacios goza esta gente! A mí, en cambio, me has hecho vivir en una jaula de 3 por 2! ¿Por qué a uno todo se lo das y a otros todo nos lo niegas?».
No sé si les habrá pasado alguna vez que mientras regresaban a casa después de una jornada especialmente agotadora, se sintieran de pronto sobresaltados y llenos de terror ante la idea de tener que pasarse el resto del día metidos en su habitación. Confieso que a mí sí. Durante una temporada más o menos larga, mi cuarto suscitó en mí una repulsión difícilmente descriptible. Apenas entraba a él, quería huir, inventándome nuevas actividades o acudiendo a compromisos imaginarios. Ideas acerca de cómo emplear mi tiempo para aprovecharlo mejor no me faltaban; lo que me faltaba, más bien, eran ganas de estarme allí sentado, entre aquellas cuatro paredes aborrecibles. Me acordé de Pascal: «Todos las desgracias que sobrevienen a los humanos tienen su origen en su incapacidad de estarse quietos en su propia habitación». Pero el problema no era la quietud, sino la habitación: sencillamente no la soportaba. Había libros en el piso y en la cama, la computadora apenas cabía en mi mesa de trabajo, la puerta del closet se había salido de los raíles y la cortina se bamboleaba como una bandera vieja que se cae del asta. Esto sin contar que cada vez que entraba a la pieza tenía que dar saltitos para no tropezarme con los cerros de carpetas que amenazaban con venirse abajo a la menor provocación. Me decía a mí mismo: «¡Nunca más encargaré trabajos escritos a mis alumnos, nunca más! ¿Para qué? ¿Para ahogarme en un mar de papeles? ¡Además, como si no supiera que los bajan de internet!». En una palabra, estaba a un escalón de volverme loco. Una vez, alguien me preguntó: «¿Dónde vives?», y a punto estaba ya de darle mi dirección cuando caí en la cuenta de que allí era precisamente donde no vivía. Trataré de explicarme. Cuando alguien nos pregunta lo que aquel amigo me preguntó a mí, no espera que le demos la dirección en la que trabajamos: casi por un acuerdo tácito ha sido establecido que la verdadera vida siempre transcurre en otra parte, es decir, en la casa. Pero si allí no se vive, si uno no se siente vivir en ella, ¿qué es lo que debemos responder? Mejor sería decir que allí morimos o languidecemos; pero como eso equivaldría a confesar demasiado, lo preferible es callar y limitarse a espetar el nombre de la calle que se nos pide. Así lo hice, y mi amigo quedó satisfecho, al parecer. Lo preocupante del asunto era que aquel desagrado por mi cuarto en particular había llegado a convertirse en desagrado por la existencia en general. Mi humor desmejoraba a ojos vistas y la pregunta por la ubicación de mi domicilio no tardó mucho en convertirse en esta otra, formulada en un tono mucho más alarmante: «¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?». Pero en aquel momento ni yo mismo sabía lo que me pasaba. Lo único que podía asegurar era que me hallaba enormemente insatisfecho. Es bien sabido que la condición humana es tal que un solo dolor de muelas, con tal de que sea lo suficientemente agudo, es suficiente para hacernos desesperar del universo. Pues bien, lo mismo sucedía conmigo en aquel no tan remoto entonces. El mundo me parecía aborrecible, y cuando visitaba alguna casa en la que me invitaban a comer o a cenar, yo decía para mis adentros esta oración, que más que plegaria era un reproche: «¡Señor del cielo: de qué espacios goza esta gente! A mí, en cambio, me has hecho vivir en una jaula de 3 por 2! ¿Por qué a uno todo se lo das y a otros todo nos lo niegas?». Hasta que un buen día decidí no revisar carpetas, no escribir una sola línea, no hacer otra cosa que arreglar mi cuarto añadiendo anaqueles a mi librero, comprando una mesa más grande y arreglando el cortinero para que entrara la luz. Ese día pedí perdón mentalmente a los que iba a dejar plantados y puse manos a la obra. Si no lo hacía esa tarde, no lo haría nunca. Y el mundo cambió. Se hizo más bello y más luminoso. El pesimismo cedió su lugar en mi alma a una tranquilidad que se me reflejaba descaradamente en el rostro. ¡Cómo son importantes los lugares! Desde ellos juzgamos el mundo y nos juzgamos a nosotros mismos. Ya en uno de sus ensayos, Francis Bacon (1561-1625), el filósofo inglés, hablando «de la manera de conservar la salud», recomendaba especial atención al orden de las habitaciones. «Por consiguiente —escribió—, examinad todas las diversas partes de vuestro régimen, tales como los alimentos, los sueños, los vestidos, la habitación, etcétera, y si encontráis algo que sea dañoso, procurad remediarlo poco a poco». Muchas veces los temperamentos melancólicos y tristones no son más que el reflejo de la melancolía y la tristeza de los lugares en que viven; si se decidieran a cambiar el orden de los objetos, acaso cambiarían también sus humores y sus estados de ánimo. Me decía un amigo psicólogo en cierta ocasión: «Muchas veces, el cambio del mobiliario de la casa hace más bien que una larga sesión psicoterapéutica». ¡Pero, ay, qué tarde descubrí yo tan elemental verdad! Alain, el filósofo francés, dijo lo mismo que mi amigo, aunque con otras palabras, en sus Proposiciones acerca de la felicidad: cuando un bebé llora no hay que apresurarse a juzgar su futuro carácter: quizá lo que sucede es que anda un alfiler entre los pañales. Que me perdonen los que, aquella tarde, no me vieron llegar a la hora señalada, pero es que era necesario. ¿Qué le vamos a hacer? A veces es absolutamente necesario obrar así… P. Juan Jesús Priego |