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Escrito por Mons. José Luis Guerrero Rosado   
Domingo 09 de Diciembre 2007

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En el año de 1531, en la Ciudad de México, comenzó a desplegarse un suceso que aún hoy se prolonga: el Acontecimiento Guadalupano.

En el año de 1531, en la Ciudad de México, comenzó a desplegarse un suceso que aún hoy se prolonga: el Acontecimiento Guadalupano.

Nuestra Señora de Guadalupe establece, desde diciembre de aquel año su presencia de Madre y Reina en América. No sólo para derramar su amor y consuelo, sino también para “…exigir enormes esfuerzos de superación”[i]. Su manifestación, al mismo tiempo que conforta, vivifica y dignifica a todos los hombres de  ese momento, los desafía a plasmar una finalidad superadora. Su intervención provoca y concreta así el paso de interrelaciones humanas nocivas y destructoras, hacía otras cuya finalidad es unir y ayudar a la felicidad de todos.

La consecuencia última de dichas variaciones relaciones es el nacimientos de un nuevo pueblo, de sangre española e indígena. Ella, como mestiza integra armoniosamente y plenifica lo mejor de dos razas y culturas que, por sí solas, no podría llegar a comunicarse, comprenderse y convivir. Hoy por hoy, sigue siendo entonces un modelo a seguir y cabe preguntarnos si somos capaces de asumir y hacer crecer las cosas buenas propias y de aquéllos con quienes compartimos nuestras vida; más aún, de aquellos que son diferentes, para trabajar por la felicidad de todos, y ser parte de ese nuevo pueblo, sin excluidos, que nos llama a conformar.

Ciertamente, lo expresó es un camino para alcanzar un paz de plenitud, comunitaria y personal. En este último nivel, y al servicio de todo lo anterior, Nuestra Señora de Guadalupe guía o conduce a la madurez a cada uno de los que se relacionan con Ella en 1531. Les cambia sus rostros y corazones, es decir, que los hace vivir con sabiduría y firma decisión por le bien. Los hace capaces de ser fieles lo propio y al mismo tiempo abiertos a las novedades de los demás y del tiempo que le toca tocaba vivir. Aquí, a la luz de lo anterior, otro interrogante que nos puede ayudar a mejor reflexionar nuestro hoy: ¿somos capaces de dejarnos guiar para descubrir lo bueno y poner todo nuestro esfuerzo para alcanzarlo con nuestra existencia, sin dejar de ser al mismo tiempo firmes o estables y amplios o flexibles en nuestros criterios de discernimientos y acción?

Sin disociarlo de los anterior y, llegando al núcleo central de la acción de Nuestras Señora de Guadalupe, condujo en masa al bautismo, a recibir la vida de Dios, a miles y miles de personas. Antes de su intervención, muy escasos americanos se habían bautizado; con posterioridad aumentan en proporción oceánica.

Sin duda entonces, ya desde el siglo XVI, Nuestra Señora de Guadalupe no enseña estas tres vías de paz total. Personalmente, y por puro regalo de Ella y San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, he podido comprobar cómo sigue animando a transitarlas. No sólo en su templo del Tepeyac, en el Distrito Federal, sino en todo tiempo y lugar en el que se establezca su imagen o presencia: Ella, invariablemente, emociona a sus interlocutores, los abre a los propio de Cristo, a la vida de fe, esperanza y amor, y así los ayuda a crecer como pueblo y a nivel personal. De este modo hace realmente que sus vidas valgan la pena, los llena de paz y los desafía a compartirla ‘y a construirla con otros.

Hagamos votos por que entonces, todos los días recemos a la Virgen, para que orientados por su acción en nosotros, facilitemos a todos el acceso a los propio  de Dios, trabajemos por el bien de los demás en la edificación de la comunidad, y así florezca lo mejor de cada uno de nosotros.

Mons. José Luis Guerrero Rosado.
Canónigo de la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.
Ciudad de México.

[i] GUERRERO ROSADO, JOSÉ. El Nican Mopohua. Un intento de exégesis. México, Realidad, teoría y Práctica. 1998, T. I p. 324.

Fuente: interlupe.com.mx

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