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PÓRTICO 
¡Qué deslumbrante encíclica la de Benedicto XVI, Spe salvi! Una encíclica para el hombre de hoy, avasallado por el pesimismo, por el desaliento.
Por Jaime Septién ¡Qué deslumbrante encíclica la de Benedicto XVI, Spe salvi! Una encíclica para el hombre de hoy, avasallado por el pesimismo, por el desaliento, cargando sobre los hombros la amenaza nuclear, la desigualdad galopante, el cambio climático, los horrores de la guerra, el exilio, la migración... De pronto, una voz diferente, cuya novedad es la de volver a la raíz, a la Palabra que salva y a la alegría que redime. El Papa nos da una lección de esperanza en los días en lo que todo llama al desaliento, a la pérdida —radical y perversa—del sentido sagrado de la vida humana, auspiciada por una política sin moral, por una comunicación sin fundamento, incluso, por una religión sin sacrificio. Y al final de la encíclica, tras haber derrotado con la fe a los racionalistas y con la razón a los fideistas, el Santo Padre le pide a María que siga guiando al mundo desde el sí definitivo, el sí que cambió la historia de la humanidad. Ahora, cuando se cumplen 476 años del acontecimiento guadalupano, no me resisto a dejar de copiar un párrafo (el número 48) de Spe salvi: «Con un himno del siglo VIII/IX, por tanto de hace más de mil años, la Iglesia saluda a María, la Madre de Dios, como «estrella del mar»: Ave maris stella. La vida humana es un camino. ¿Hacia qué meta? ¿Cómo encontramos el rumbo? La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf,. Jn 1,14)?» Y agrego: ¿quién, sino Santa María de Guadalupe, puede ser la estrella de la esperanza de los mexicanos? |