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Spe salvi: Pese a las desilusiones, la vida «no acaba en el vacío» PDF Imprimir Correo
Escrito por Diana García Bayardo   
Domingo 09 de Diciembre 2007

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Extracto de la nueva encíclica de Benedicto XVI, escrita para dar esperanza a la humanidad.

«Spe salvi facti sumus», en esperanza fuimos salvados, dice san Pablo a los Romanos y también a nosotros (Rm 8,24). Según la fe cristiana, se nos ofrece la salvación en el sentido de que se nos ha dado la esperanza, una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente; aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grandeque justifique el esfuerzo del camino.

Pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar que, porque hay esperanza, somos redimidos por ella?

La fe es esperanza

Pablo recuerda a los Efesios cómo antes de su encuentro con Cristo no tenían en el mundo «ni esperanza ni Dios» (Ef 2,12). A pesar de los dioses, estaban «sin Dios» y, por consiguiente, se hallaban en un mundo oscuro, ante un futuro sombrío. En el mismo sentido les dice a los Tesalonicenses: «No os aflijáis como los hombres sin esperanza» (1 Ts 4,13). En este caso aparece también como elemento distintivo de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío.

¿Sólo una «buena noticia»?

De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una «buena noticia», una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. En nuestro lenguaje se diría: el mensaje cristiano no era sólo «informativo», sino «performativo». Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva.

En qué consiste esta esperanza

¿En qué consiste esta esperanza? Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible.

El cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario. Jesús no era un combatiente por una liberación política. Lo que Jesús había traído, habiendo muerto Él mismo en la cruz, era algo totalmente diverso: el encuentro con el Señor de todos los señores, el encuentro con el Dios vivo y, así, el encuentro con una esperanza más fuerte que los sufrimientos, y que por ello transforma desde dentro la vida y el mundo.

La vida eterna, ¿qué es?

Es el momento de preguntarnos: la fe cristiana ¿es también para nosotros ahora una esperanza que transforma y sostiene nuestra vida? ¿O es ya sólo «información» que hemos dejado arrinconada y nos parece superada por informaciones más recientes?

En el rito del Bautismo el sacerdote preguntaba: «¿Qué pedís a la Iglesia?». Se respondía: «La fe». Y «¿Qué te da la fe? ». «La vida eterna». Según este diálogo, en la fe está la llave para «la vida eterna». En efecto, el Bautismo no es sólo un acto de socialización dentro de la comunidad ni solamente de acogida en la Iglesia. Los padres esperan algo más para el bautizando: esperan que la fe le dé la vida eterna.

Pero entonces surge la cuestión: ¿De verdad queremos esto: vivir eternamente? Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable.

Hay una contradicción en nuestra actitud: Por un lado, no queremos morir; por otro lado, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente.Entonces, ¿qué es realmente lo que queremos?

De algún modo deseamos la vida misma, la verdadera, la que no se vea afectada ni siquiera por la muerte; pero, al mismo tiempo, no conocemos eso hacia lo que nos sentimos impulsados. Esta «realidad» desconocida es la verdadera «esperanza» que nos empuja y, al mismo tiempo, su desconocimiento es la causa de todas las desesperaciones. La expresión «vida eterna» es por necesidad una expresión insuficiente que crea confusión. En efecto, «eterno» suscita en nosotros la idea de lo interminable, y eso nos da miedo; «vida» nos hace pensar en la vida que conocemos y que no queremos perder, pero que a la vez es con frecuencia más fatiga que satisfacción.

Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento de la temporalidad y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Jesús lo expresa así: «Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría» (Jn 16,22). Tenemos que pensar en esta línea si queremos entender el objetivo de la esperanza cristiana.

Aprendizaje de la esperanza

Necesitamos tener esperanzas —más grandes o más pequeñas—, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan.

Un lugar primero y esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, Él puede ayudarme.

Si no podemos esperar más de lo que es efectivamente posible en cada momento y de lo que podemos esperar que las autoridades políticas y económicas nos ofrezcan, nuestra vida se ve abocada muy pronto a quedar sin esperanza. Es importante, sin embargo, saber que yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico.

Conviene hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento; pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos; esto sólo podría hacerlo Dios. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo. Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia. Pero surge la pregunta: ¿El otro es tan importante como para que, por él, yo me convierta en una persona que sufre? La capacidad de sufrir depende del tipo de esperanza que llevamos dentro.

La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan como punzadas molestas, dándoles así un sentido, era todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo. Quizás debamos preguntarnos si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros.

Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente. En la época moderna, la idea del Juicio final se ha desvaído: un mundo en el que hay tanta injusticia y sufrimiento no puede ser obra de un Dios bueno. Pero sí, existe la resurrección de la carne. Existe una justicia. Existe la «revocación» del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho. Por eso la fe en el Juicio final es, sobre todo, esperanza. La justicia es el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida es un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad. Sólo Dios puede crear justicia. Y la fe nos da esta certeza: Él lo hace. La imagen del Juicio final no es terrorífica sino la imagen decisiva de la esperanza. ¿Pero no es, quizás, también una imagen que da pavor? Yo diría: es una imagen que exige la responsabilidad. Dios es justicia y crea justicia. Éste es nuestro consuelo y nuestra esperanza.

Extractado por D.R.G.B.


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