|
FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
La confianza despierta nobles ideales y nos da alas para alcanzarlos.
Por el padre Justo López Melús El pequeño Benjamín estaba cansado de hacer números. Un día se puso a pintar. Pintó a su gallo y le salió precioso. Fue corriendo a enseñárselo a su madre. Su madre, emocionada, le estrecha contra su corazón y pone un beso en su frente. Cuando Benjamín West es el más famoso pintor de Estados Unidos, un amigo le pregunta: —¿Cómo has llegado a ser pintor? Y West, en voz baja, le responde, embargado por la emoción: —Un beso de mi madre me hizo artista. Hace unos años leí una entrevista que le hacían a Zarra, ídolo del futbol, por su nobleza y bravura. Desde muy pequeño, contaba, jugué de delantero en un equipo de barrio. Jugábamos en un descampado que había bajo las ventanas de mi casa. Un día me dijo mi madre: —«No entiendo mucho, pero me encanta verte. Todos los días me asomo para verte jugar». Desde aquel día, continuaba Zarra, puse mayor ilusión aún. Sabía que mi madre me miraba. Y así llegué a ser lo que soy. Ryckmans explica así su vocación: Mi madre me despertaba a las 6:30. Yo podía quedarme a estudiar antes del desayuno, o ir a Misa con ella. Todos los días la acompañaba para oír Misa y comulgar. Si mi madre no me hubiese hecho madrugar cada mañana, no hubiera tenido coraje para ir a Misa de 7 cada día, ni menos la idea y el coraje de hacerme sacerdote. Su confianza en mí está en el origen de mi vocación. Y es que la confianza despierta nobles ideales y nos da alas para alcanzarlos. Crea en nosotros estímulos de superación. «El que nos consideren mejor de lo que somos nos obliga a serlo» (Benavente). Tú no puedes ser malo, porque yo te amo. |