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DEBATE El papa Benedicto XVI aclara bien las cosas: «Una persona que no peca no es una persona aburrida» 
En la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, 8 de diciembre.
Benedicto XVI, mientras celebraba el 8 de diciembre de hace un par de años el día de la Inmaculada y el cuadragésimo aniversario de la clausura del concilio Vaticano II, en una homilía presentó el lado más desconocido y tierno de la Iglesia. Recuerdo imborrable Rechazando toda visión de poder o fuerza, presentó la dimensión mariana del Concilio. Se basó en una constatación: Juan XXIII y Pablo VI quisieron que el Concilio comenzara (11 de octubre de 1962) y concluyera (8 de diciembre de 1965) en dos fiestas de la Virgen. Para el sucesor de aquellos grandes Papas, no se trata de una casualidad. Este carácter mariano quedó sintetizado por el papa Pablo VI con la proclamación de María como Madre de la Iglesia. Benedicto XVI dejó entonces espacio a los recuerdos: «Permanece indeleblemente en mi memoria aquel momento», confesó en la homilía. «Espontáneamente los Padres se alzaron de golpe de sus sillas y aplaudieron de pie, rindiendo homenaje a la Madre de Dios, a nuestra Madre, a la Madre de la Iglesia». María y la Iglesia «María no sólo tiene una relación singular con Cristo, el Hijo de Dios que, como hombre, quiso convertirse en Hijo suyo. Al estar totalmente unida a Cristo, también nos pertenece totalmente», aclaró el vicario de Cristo, explicando el sentido de aquella proclamación. «La Madre de la Cabeza es también la Madre de toda la Iglesia; ha quedado, por así decir, totalmente expropiada de sí misma; se ha entregado totalmente a Cristo y, con Él, se nos da como don a nosotros. De hecho, cuanto más se entrega una persona a sí misma, más se encuentra a sí misma». «El Concilio pretendía decirnos esto: María está tan ligada al gran misterio de la Iglesia, que ella y la Iglesia son inseparables, como ella y Cristo son inseparables». «En María, la Inmaculada, encontramos la esencia de la Iglesia sin deformaciones». Sospechamos de Dios Por este motivo, la segunda parte de su homilía el sucesor del apóstol Pedro la dedicó a explicar qué significa Inmaculada, y lo hizo con palabras que al día siguiente se convirtieron en titulares de muchos periódicos: «El hombre no se fía de Dios —explicó—. Tentado por las palabras de la serpiente, alberga la sospecha de que Dios, a fin de cuentas, le quita algo de su vida, que Dios es un competidor que limita nuestra libertad y que seremos plenamente seres humanos sólo cuando le hayamos arrinconado; en definitiva, que sólo de este modo podemos realizar en plenitud nuestra libertad. El hombre vive con la sospecha de que el amor de Dios crea una dependencia y de que necesita liberarse de esta dependencia para ser plenamente él mismo». El hombre —afirmó— «no quiere contar con el amor que no le parece digno de confianza; cuenta únicamente con el conocimiento, en cuanto que le da poder. Más que confiar en el amor, confía en el poder con el que quiere controlar autónomamente su propia vida». «Y al hacer esto –coligió–, se fía de la mentira en vez de fiarse de la verdad, y, al hacerlo así, hunde su vida en el vacío, en la muerte. Amor no es dependencia, sino don que nos hace vivir. La libertad de un ser humano es la libertad de un ser limitado y, por tanto, también es limitada». ¿Pecar para ser libres? De este modo, «nos surge la sospecha de que una persona que no peca nunca, en el fondo, es aburrida; que le falta algo a su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que forma parte de la auténtica naturaleza humana la libertad para decir no, la caída en las tinieblas del pecado y la voluntad de hacer las cosas por sí mismo; que sólo entonces se puede disfrutar plenamente de toda la grandeza y profundidad de nuestro ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que tenemos que poner a prueba esta libertad incluso contra Dios, para convertirnos plenamente en nosotros mismos». «En una palabra, pensamos que, en el fondo, el mal es bueno, que lo necesitamos al menos un poco para experimentar la plenitud del ser. Pero si miramos al mundo que nos rodea, podemos ver que no es así, es decir, que el mal envenena siempre, no eleva al hombre, sino que lo rebaja y lo humilla, no le hace más grande, más puro y rico, sino que le perjudica y le hace ser más pequeño». La verdadera libertad «El hombre que se pone totalmente en las manos de Dios no se convierte en una marioneta de Dios, en una aburrida persona que consiente; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se confía totalmente a Dios encuentra la verdadera libertad, la grandeza creativa de la libertad del bien. El hombre que se orienta hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, pues gracias a Dios y junto a Él crece, se hace divino, se convierte verdaderamente en sí mismo». María nos habla Ante esta realidad, concluyó el Papa, María nos dice: «¡Ten la valentía para atreverte con Dios! ¡Inténtalo! ¡No tengas miedo de Él! ¡Atrévete a apostar por la fe! ¡Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro! ¡Comprométete con Dios y, entonces, verás que tu vida se hace grande e iluminada, no aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, pues la bondad infinita de Dios no se agota nunca!» Fuente: Alfa y Omega |