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VIGÍA 
Extraño fenómeno, la fe. Aunque quizás sea más apropiado referirse a la caprichosa manera en que se manifiesta en la vida la formación en la fe.
Por Javier Algara Extraño fenómeno, la fe. Aunque quizás sea más apropiado referirse a la caprichosa manera en que se manifiesta en la vida la formación en la fe. Educado en el seno de una familia de arraigado catolicismo, en épocas cuando en la escuela católica todavía se nos motivaba a admirar a vírgenes, mártires, misioneros y otros personajes de parecido talante, yo recuerdo que las narraciones de los martirios de María Goretti en Italia; del padre Pro; de Anacleto González Flores y sus compañeros durante los años de la persecución religiosa en México; de las heroicas aventuras del padre Damián en Molokai; de los viajes y las peripecias orientales de san Francisco Xavier, etc., me emocionaban enormemente. E indudablemente que todo ello ha ayudado a que en mi vida haya habido esfuerzos —inconstantes, ay, y frecuentemente fallidos a causa de mi soberbia incomparable— por mantenerme cerca de la Iglesia y de Jesús. Y estoy seguro de que muchas personas que fueron objeto de esa formación compartirán mis sentimientos. Nada de eso pasa entre muchos jóvenes actuales, a juzgar por comentarios escuchados en charlas con ellos en las aulas y corredores académicos. La celebración de Cristo Rey, por ejemplo, gracias a un articulillo de la prensa, suscitó entre algunos una charla que giró en torno a la Cristiada y a que muchos de los mártires mexicanos enfrentaban las balas en el paredón gritando «¡Viva Cristo Rey!». Algunos de esos mártires tenían al morir edades parecidas a los estudiantes que formaban el corrillo y, al igual que ellos, tenían por delante una vida de posibles triunfos sociales, de cariño familiar, de dinero, etc. Extrañamente, el comentario casi unánime de quienes participaban en dicha conversación fue: «¡Pobres tontos!» (los mártires, claro). En vez de dejarse matar, podían haber mentido y salvarse; cuánto bien hubieran hecho en la sociedad si hubieran engañado a sus perseguidores; sus familias no hubieran quedado desamparadas, ni sus feligreses sin atención. Es mucho más productivo un vivo que un muerto. Quienes así respondieron eran todos ex alumnos de colegios católicos, aunque sólo Dios sabe qué formación en la fe recibieron en sus familias. Aparentemente la vida religiosa de estos jóvenes se reduce cuando mucho a la Misa semanal. Sus actitudes y palabras revelan que la virginidad y cosas parecidas no tienen ningún ranking entre sus consideraciones vitales, y las preocupaciones morales no los ocupan. ¿La santidad? Eso es para los curas y las monjitas, pobres despistados. Obviamente, de santos y mártires, de papas y obispos, ni hablar; aunque puedan darte los chavos con precisión asombrosa cualquier dato de los jugadores que participan en los diferentes torneos deportivos del orbe. ¿Qué pasó con la educación católica en los años entre que mi generación salió de la prepa y el momento actual? ¿Estaba tan mal aquella que hubo que quitarla de en medio? ¿O qué fue lo que pasó? |