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Escrito por Juan Jesús Priego   
Domingo 09 de Diciembre 2007

ENSAYOS CRISTIANOS

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Jean Guitton escribió lo siguiente poco antes de morir: « El cansancio no proviene de lo que se hace. Lo que se hace, si se hace a fondo, con pasión y con toda el alma, no cansa nunca. Lo que cansa es el pensamiento de lo que no se hace».

Cuando salí del consultorio —eran casi las dos— todavía retumbaban en mis oídos las palabras del médico: «Lo que usted necesita es descanso. ¿Por qué no vive la vida con más sosiego, con más tranquilidad? Créame usted: hay que aprender a decir que no. Además, piense en esto y trate de no olvidarlo: las personas que hoy exigen de usted que haga esto y lo otro, fatigándolo, ni siquiera irán a su funeral cuando usted muera: eso es casi seguro…»

Que no irían a mis funerales esos señores, ya lo sabía. Llegado el caso, dirían: «¡Oh, ni siquiera me enteré de que había muerto nuestro amigo!». O bien: «¡Pero cómo! ¿En verdad ha muerto? ¡Si no saliera hoy mismo para Europa, lo acompañaría aunque fuera un rato al velatorio! Pero ya ve usted…» ¡Los muy canallas!

Así que esos dolores tan constantes de cabeza, de nuca, de sienes, no eran otra cosa que fatiga. ¡Y yo que ya pensaba lo peor! Pero, ¿cómo descansar? Reconozco que en mi casa nunca nadie se preocupó en enseñarme ese arte tan necesario y al mismo tiempo tan difícil. Ahora comprendía que algo importante había faltado a mi educación.

Tan pronto como llegué al lugar en el que vivo, me puse a buscar entre mis libros uno que pudiera decirme cómo hay que descansar. ¿Durmiendo?, ¿caminando a paso lento por un jardín?, ¿oyendo música o practicando ejercicios de relajación? En mi búsqueda apresurada no encontré más que un viejo libro escrito por el psicólogo francés Marcel Eck cuyo título era: Trabajo y fatiga mental. Lo tomé del estante, le quité el polvo —tan olvidado estaba el pobre— y me puse a leerlo. Al cabo de media hora de lectura ininterrumpida creí haber entendido algo. «Uno se fatiga por exceso de trabajo —escribía el doctor Eck—, pero a veces se fatiga uno también por el trabajo que no hace y quisiera hacer, o bien por aquel que siendo necesario no se puede o no quiere hacerse... El hecho de no poder actuar puede ser más fatigante que obrar: ¿no hay una fatiga de la espera? Sin negar el agotamiento debido a la fatiga de un trabajo continuado, es necesario tener en cuenta la fatiga debida a la inadaptación de una existencia a sus tendencias más profundas».

¡Existe la fatiga del trabajo, pero existe también la fatiga del que no trabaja en lo que quiere, la fatiga de la insatisfacción, y ésta es más abrumadora que la otra! En mi caso, creo poder decir que en aquella época mis frecuentes dolores de cabeza se debían a lo siguiente: durante muchos meses había estado guardando en una pequeña libreta citas, pensamientos e ideas que me habría gustado utilizar en algunos escritos míos. Había trazado incluso esquemas y numerado capítulos de libros que hubiera querido escribir. Pero pasaban y pasaban los días sin que pudiera llevar a la práctica ni uno solo de mis proyectos. ¡Era todo tan decepcionante! En mi mente había muchos trabajos casi terminados, pero ¡ay! sólo en la mente, porque apenas me ponía a escribir una o dos líneas y ya estaba sonando el teléfono para recordarme que tenía tal compromiso y tal otro para esa misma tarde. «Padre, recuerde que quedó en que nos veríamos a las una». «Sí, lo recuerdo». Y yo queriendo morirme de pura pesadumbre. Pues, ¿cómo escribir en semejantes condiciones? Escribir requiere tiempo. Muchos de mis amigos creen que soy capaz de terminar un artículo como éste en una sola sentada, en diez minutos o acaso en menos. ¡Si ellos supieran!...

De manera que tenía en la mente diez o quince cosas por escribir y no tenía tiempo para hacer ninguna. A veces me sentía tan poseído por el tema que pensaba que sólo era necesario sentarme para que las palabras fluyeran y dieran forma a lo que me traía entre manos. Pero no tenía tiempo para sentarme, y el tema bailoteaba en mi cabeza por semanas enteras. Era entonces —ahora lo sé— cuando empezaban mis dolores de cabeza, es decir, la fatiga. La fatiga no por lo que hacía, sino por lo que no alcanzaba a hacer y era importante para mí.

No, descansar no es echarse a la cama: es hacer, como dice el doctor Eck, lo que nos ordenan nuestras tendencias más profundas, lo que nadie más que nosotros podría hacer, lo que simple y sencillamente no puede delegarse.

En una carta dirigida a su médico (el famoso doctor René Biot), Jean Guitton escribió lo siguiente poco antes de morir: « El cansancio no proviene de lo que se hace. Lo que se hace, si se hace a fondo, con pasión y con toda el alma, no cansa nunca. Lo que cansa es el pensamiento de lo que no se hace».

Una vez más, el filósofo francés tenía razón.

P. Juan Jesús Priego

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