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Escrito por + José G. Martín Rábago, arzobispo de León   
Domingo 02 de Diciembre 2007

LA VOZ DE LOS PASTORES

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El ser humano está agrediendo el equilibrio de un mundo que Dios nos dio para cuidarlo y cultivarlo.

Por José G. Martín Rábago, arzobispo de León

Las escenas que hemos visto en la televisión no son capaces de darnos una imagen panorámica cabal de la terrible tragedia que se vive en los estados de Tabasco y Chiapas.

Más de un millón de personas desplazadas y afectadas gravemente en su forma de vivir, en sus propiedades y en sus fuentes de trabajo. Rostros que reflejan impotencia, angustia y desesperación. Son los rostros del desastre que se ha abatido de improviso con la furia incontenible de los ríos desbordados que van sembrando ruina y destrucción.

¿Se pudo evitar esta tragedia? Las respuestas son contradictorias y no faltarán quienes quieran sacar ventaja política de estos dramáticos sucesos. Hay quien dice que por corrupción no se aplicaron adecuadamente los recursos destinados a los proyectos hidrológicos de esta región; que por intereses de ganancia torpe se construyeron edificios en lugares que eran cauces naturales de las corrientes de agua, etc. Éstas pueden ser verdades, pero hay una realidad que va más allá y nos interpela a todos.

Los fenómenos naturales que provocan desolación y muerte son cada vez más frecuentes: huracanes de dimensiones y poder destructivo nunca visto, sequías en amplias zonas del planeta, desertificación creciente, desaparición de especies; estas son realidades innegables que no podemos contemplar de manera fatalística.

El ser humano está agrediendo el equilibrio de un mundo que Dios nos dio para cuidarlo y cultivarlo. El mundo es para el hombre, pero el hombre tiene el encargo de cuidarlo de manera que alcance un desarrollo armonioso; el ser humano no tiene poder arbitrario y caprichoso sobre la creación. Dios dio al hombre la misión de colaborar con Él en su plan de perfeccionar y complementar la tierra.

Ciertas prácticas que están influyendo en el descontrol ambiental son el resultado de una conducta carente de dimensión ética. Sabiamente lo expresó el papa Juan Pablo II: «La gravedad de la cuestión ecológica demuestra cuán profunda es la crisis moral del hombre. Si falta el sentido del valor de la persona, aumenta el desinterés por los demás y por la tierra. La austeridad, la templanza, la autodisciplina y el espíritu de sacrificio deben conformar la vida de cada día, a fin de que la mayoría no tenga que sufrir las consecuencias negativas de la negligencia de unos pocos. Hay, pues, una urgente necesidad de educar en la responsabilidad ecológica; responsabilidad con nosotros mismos y con los demás, responsabilidad con el ambiente».

Las grandes decisiones que deberían repercutir positivamente en el mejoramiento global no se quieren tomar porque afectarían el consumo y hasta el derroche egoísta de los países poderosos. Parecería que los criterios de producción y organización se orientan a gozar y a tener, más que a ser y a crecer; falta responsabilidad en el cuidado del bien común presente y futuro.

Pero vengamos a preguntarnos más directamente: ¿nosotros, qué podemos hacer? La solución global no está en nuestras manos, pero sí debemos educarnos para actuar con responsabilidad ecológica en el ámbito en que vivimos y actuamos.

En nuestra ciudad abundan los fraccionamientos irregulares donde se construye irresponsablemente sobre cauces de ríos y de arroyos; es frecuente ver el descuido con que se maneja la basura, arrojándola a la calle y provocando taponamientos en las alcantarillas y favoreciendo la cría de una fauna de roedores que son transmisores de enfermedades; en algunos casos hace falta la colaboración de vecinos que, pudiendo, no están dispuestos a ayudar para el mejoramiento de sus calles de tierra que se convierten en barriadas cuando llueve y son fuente de contaminación y suciedad.

Abundan lotes baldíos por todas partes que son verdaderos basureros y lugares donde crece la maleza; se talan árboles y se arremete la escasa vegetación que aún poseemos. Atacar estos desafíos es responsabilidad de todos: de autoridades, en primer lugar; de los responsables de aprobar y realizar desarrollos urbanos; de todos los miembros de la sociedad, actuando de manera civilizada y respetuosa.

Nosotros, los sacerdotes, debemos asumir como parte de nuestra tarea pastoral la colaboración para educar con sentido ecológico a nuestros feligreses. Dice un moralista actual: «No cabe excusar de falta moral a quien ‘saquea’ a la naturaleza o a quien imparte un trato cruel y sádico a los animales» (Aurelio Fernández).


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