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La palabra «Adviento» no significa «espera» PDF Imprimir Correo
Escrito por Cardenal Joseph Ratzinger   
Domingo 02 de Diciembre 2007

ESPECIAL

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La palabra «Adviento» no significa «espera», como podría suponerse, sino  «presencia», o mejor dicho, «llegada».
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or el Cardenal Joseph Ratzinger (Hoy Benedicto XVI)

El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico.

Podemos tomar como punto de partida la palabra «adviento»; este término no significa «espera», como podría suponerse, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa «presencia», o mejor dicho, «llegada», es decir, presencia comenzada. En la antigüedad se usaba para designar la presencia de un rey o señor, o también del dios al que se rinde culto y que regala a sus fieles el tiempo de su parusía.

Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas: primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que Él ya está presente de una manera oculta; en segundo lugar, que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no es total, sino que está en  proceso de crecimiento y maduración. Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo.

De modo que las luces que encendamos en las noches oscuras de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia: certeza consoladora de que «la Luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino; por otra parte, la conciencia de que esta luz solamente puede ?y solamente quiere? seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo.

Adviento significa presencia de Dios ya comenzada, pero también tan sólo comenzada. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir. En medio de todas las desgracias del mundo tiene la certeza de que la simiente de luz sigue creciendo oculta, hasta que un día el bien triunfará definitivamente y todo le estará sometido: el día que Cristo vuelva. Sabe que la presencia de Dios, que acaba de comenzar, será un día presencia total. Y esta certeza le hace libre.

Alegraos en el Señor

«Alegraos, una vez más os lo digo: alegraos».  La alegría es fundamental en el cristianismo, que es, por esencia, evangelium, buena nueva. Y sin embargo es ahí donde el mundo se equivoca, y sale de la Iglesia en nombre de la alegría, pretendiendo que el cristianismo se la arrebata al hombre con todos sus preceptos y prohibiciones. Ciertamente la alegría de Cristo no es tan fácil de ver como el placer banal que nace de cualquier diversión. Pero sería falso traducir las palabras: «Alegraos en el Señor» por estas otras: «Alegraos, pero en el Señor», como si en la segunda frase se quisiera recortar lo afirmado en la primera. Significa sencillamente «alegraos en el Señor», ya que el apóstol evidentemente cree que toda verdadera alegría está en el Señor, y que fuera de Él no puede haber ninguna. Y de hecho es verdad que toda alegría que se da fuera de Él o contra Él no satisface, sino que, al contrario, arrastra al hombre a un remolino del que no puede estar verdaderamente contento.

Por eso aquí se nos hace saber que la verdadera alegría no llega hasta que no la trae Cristo, y que de lo que se trata en nuestra vida es de aprender a ver y comprender a Cristo, el Dios de la gracia, la luz y la alegría del mundo. Pues nuestra alegría no será auténtica hasta que deje de apoyarse en cosas que pueden sernos arrebatadas y destruidas, y se fundamente en la más íntima profundidad de nuestra existencia, imposible de sernos arrebatada por fuerza alguna del mundo. Y toda pérdida externa debería hacernos avanzar un paso hacia esa intimidad y hacernos más maduros para nuestra vida auténtica.

Hay que andar un camino de conversión, de alejamiento de lo visible y acercamiento a lo invisible. Quien celebre así el Adviento podrá hablar con derecho de la Navidad feliz bienaventurada y llena de gracia. Y conocerá cómo la verdad contenida en la felicitación navideña es algo mucho mayor que ese sentimiento romántico de los que la celebran como una especie de diversión de carnaval.

Estar preparados...

En el capitulo 13 que Pablo escribió a los cristianos de Roma dice: «La noche va muy avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz. Andemos decentemente y como de día, no viviendo en comilonas y borracheras, ni en amancebamientos y libertinajes, ni en querellas y envidias, antes vestíos del Señor Jesucristo...». Según eso, Adviento significa ponerse en pie, despertar, sacudirse del sueño. ¿Qué quiere decir Pablo? Con términos como «comilonas, borracheras, amancebamientos y querellas» ha expresado claramente lo que entiende por «noche». Esos banquetes se convierten para san Pablo en imagen del mundo pagano en general que, viviendo de espaldas a la verdadera vocación humana, se hunde en lo material, permanece en la oscuridad sin verdad, duerme a pesar del ruido y del ajetreo. La comilona nocturna aparece como imagen de un mundo malogrado. ¿No debemos reconocer con espanto cuan frecuentemente describe Pablo de ese modo nuestro paganizado presente? Despertarse del sueño significa sublevarse contra el conformismo del mundo y de nuestra época, sacudirnos el sueño que nos invita a desentendernos de nuestra vocación y nuestras mejores posibilidades. Estar despiertos para Dios y para los demás hombres: he ahí el tipo de vigilancia a la que se refiere el Adviento, la vigilancia que descubre la luz y proporciona más claridad al mundo.

Juan el Bautista y María

Juan el Bautista y María son los dos grandes prototipos de la existencia propia del Adviento. Por eso dominan la liturgia de ese período. Quien quiera ser cristiano debe «cambiar» continuamente sus pensamientos. Nuestro punto de vista natural es, desde luego, querer afirmarnos siempre a nosotros mismos, pagar con la misma moneda, ponernos siempre en el centro. Quien quiera encontrar a Dios tiene que convertirse interiormente una y otra vez, caminar en la dirección opuesta.  Ni siquiera Juan el Bautista se eximió del difícil acontecimiento de transformar su pensamiento, del deber de convertirse. ¡Cuán cierto es que éste es también el destino del sacerdote y de cada cristiano que anuncia a Cristo!

El significado de la corona de Adviento

Uno de los signos del Adviento es la corona con cuatro velas que simbolizan las cuatro semanas del tiempo de Adviento. De ella habla el padre Juan Javier Flores Arcas, osb, rector del Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo en Roma:

La corona no lleva flores

«Cada tiempo litúrgico tiene sus propios signos. El Adviento también los tiene. La corona de adviento viene del norte de Europa, precisamente de Escandinavia y en los últimos años ha entrado con fuerza en nuestras comunidades cristianas. Consiste en un soporte circular revestido de ramas verdes (sin flores) sobre el que se colocan cuatro velas (el color morado sería el más apropiado).

«Estas velas simbolizan las cuatro semanas del tiempo de Adviento y se encienden progresivamente cada uno de los domingos. La corona debe colocarse en un lugar visible en el presbiterio, bien cerca del altar, bien cerca del ambón, sobre una mesita o sobre un tronco de árbol o colgada del techo.

En casa también

«Es costumbre en los países alemanes también el llevar estas velas a casa y ponerlas en lugares destacados para significar la espera del Mesías; de ese modo la celebración litúrgica entra en lo cotidiano, en la vida familiar, en las costumbres caseras y empapa de sentido cristiano y de sabor mesiánico toda la vida del cristiano.

Venida antigua y nueva

«La venida de Cristo es antigua y es nueva. Es un hecho pasado que se actualiza en la celebración litúrgica.

«La Iglesia es, ante todo, la esposa de Cristo, único sumo sacerdote. En este sentido, es la receptora de los sacramentos pero no la productora ni la creadora. La Iglesia reelabora los sacramentos como colaboradora del esposo de quien recibe la vida y todo para poder actuar. Por ello el sentido y fin de la celebración litúrgica es precisamente el de hacer participar a todas las generaciones activamente en la obra de la salvación de Cristo. En el tiempo de Adviento la obra de salvación se expresa de manera escatológica. Se trata del Cristo Juez, Señor, Rey, que vendrá al final de los tiempos.

La eternidad irrumpe en el tiempo

«El misterio del culto litúrgico hace posible que la eternidad irrumpa en la temporalidad para que el misterio originario llegue a celebrarse y la salvación contenida en la acción salvífica pasada alcance a cada generación.

«El tiempo de Adviento conduce a la Iglesia al umbral de su existencia, de ahí que la gran característica del Adviento debería ser la esperanza.

Hacia el cumplimiento de las profecías

«El Adviento es un tiempo real y actual. Mientras escuchamos las profecías aún no realizadas, vemos pasar el mundo ante nuestros ojos y anhelamos ese mundo que vendrá y que ya comenzamos a vivir y a preparar en el presente.

«Mientras esperamos el mañana, feliz y deseado, trabajamos en el presente, actual y esperanzador, y miramos el pasado (venida en carne mortal de Cristo) y nos ilusionamos de haber tenido al Mesías entre nosotros y tomamos fuerza en nuestra carne que fue la suya y que por tanto está llena de la fuerza salvífica que Él le infundió.

«El Adviento es un tiempo real y presente que, al bucear en el ayer mesiánico, nos lanza hacia el futuro profético. En todo el proceso está la Trinidad Santa: el Padre que crea, el Hijo que viene a este mundo a recrearlo y el Espíritu Santo que lo santifica y lo une en el amor», finaliza el presbítero Juan Javier Flores Arcas.

Zenit-El Observador


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