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Por demasiado tiempo hemos estado separados de nuestros hermanos. Ya parece cercana la reunificación.
Por Antonio Maza Pereda En las semanas pasados tuvo lugar uno de los frutos más largamente esperados del diálogo con nuestros hermanos separados, un avance muy significativo. En un documento, firmado por la Iglesia católica y por los ortodoxos griegos, se reconoce al Papa como el primero de los patriarcas. Esto, para muchos católicos, no nos suena como algo importante. Sin embargo, tiene una gran trascendencia. Precisamente, ése fue tema de la separación en el año 1054 de la iglesia oriental, que a partir de entonces se llamaron a sí mismos la «Iglesia Ortodoxa». En aquella época, en la Iglesia se reconocían tres patriarcados: el de Roma, el de Antioquía, y el de Constantinopla; parte de la discusión era sobre cuál era el primado. Hubo muchas razones y sinrazones para esa separación; no viene al caso comentarlas ahora. Hace más de 900 años que nuestras iglesias han caminado separadas. La iglesia ortodoxa, casi 400 años después de la separación, quedó en el territorio del imperio turco. Ante una fuerte tentación de volverse musulmanes, muchos de nuestros hermanos dieron un glorioso testimonio de la fuerza de su fe. Otra parte de esta iglesia ortodoxa, la rusa, tuvo que padecer la persecución soviética durante la mayor parte del siglo 20. Por demasiado tiempo hemos estado separados de nuestros hermanos. Ya parece cercana la reunificación. ¡Cuántas cosas tendremos que contarnos! ¡Cuántas historias estupendas conoceremos de la vida de nuestros hermanos ortodoxos! ¡Cuántas vidas de santidad que hasta ahora habíamos ignorado, conoceremos ahora! Sin duda, podremos conocer los tesoros del misticismo de nuestros hermanos orientales y, seguramente, enriqueceremos nuestra espiritualidad con sus enseñanzas. Me puedo imaginar la alegría de nuestros queridos papas Paulo VI y Juan Pablo II, que tanto trabajaron por este reencuentro. Ellos, desde la casa de nuestro Padre, darán gracias a Jesús por esta feliz noticia. Como dijo Juan Pablo II, «nuestra Iglesia necesita respirar con sus dos pulmones». |