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Escrito por Carlos Padilla, L.C. / Buenas Noticias   
Domingo 02 de Diciembre 2007

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Las circunstancias contrarias, el ambiente adverso, la persecución o el rechazo hacen de  pedestal al hombre que se exige lo mejor de sí.

Por Carlos Padilla, L.C. / Buenas Noticias

En un trasplante cardiaco son altísimos los peligros, numerosos los riesgos y  pocos los especialistas que enfrentan el reto, especialmente si nos situamos en el África del año 1967. 

El popular doctor sudafricano Christian Barnad, blanco, tendría el honor de ejecutar el primer transplante cardiaco en la historia de su país. El cuarto de operaciones debía estar reservado a los más insignes especialistas.

El paciente estaba ya anestesiado, los doctores esperaban la llegada del  doctor Christian Barnad. Se abrió la puerta y apareció él con la mano por delante cediendo el paso al... ¡al cuidador de puercos de la escuela menor de medicina! Un hombre de color cuyos estudios no superaban la escuela secundaria. Su nombre: Hamilton Naki.

Este año se celebraron los cuarenta años del episodio. Tuvo que pasar casi medio siglo para que esta buena noticia recorriera el mundo. El Apartheid silenció este suceso

Hamilton Naki, tras abandonar la escuela por las necesidades económicas de su familia, se construyó su «salón de clases» entre los cerdos. Sus libros eran las ocasiones en que veía maniobrar al carnicero. Sus profesores, los comentarios que escuchaba de los alumnos de medicina, y sus exámenes se los preparaba él mismo usando animales para practicar. Su fama de hábil cirujano corría sigilosa entre los pasillos de la escuela y el hospital. Un día su popularidad llegó a los oídos del doctor Christian Barnad, quien le mantuvo como su mano derecha en aquel histórico trasplante.

Tras el éxito de la operación, el hospital le ofreció a Naki una plaza, y la escuela de medicina le contrató como profesor de cardiología. Pero él siguió viviendo en su choza carente de luz eléctrica y agua potable, pues su sueldo no fue el de un médico sino  el de un simple empleado.

El triunfo más importante de su vida fue el  transplante de actitud. Las circunstancias contrarias, el ambiente adverso, la persecución o el rechazo hacen de  pedestal al hombre que se exige lo mejor de sí.

Hamilton Naki falleció en mayo de este año.


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