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VIGÍA 
El reciente incidente de la invasión de la Catedral Metropolitana de la ciudad de México por parte de perredistas furiosos se ha convertido en tema candente.
Por Javier Algara El reciente incidente de la invasión de la Catedral Metropolitana de la ciudad de México por parte de perredistas furiosos se ha convertido en tema candente de prensa, charlas de café y cotorreo de banqueta. No falta quien vea en las campanadas catedralicias (las que molestaron a los del PRD reunidos en el Zócalo) una maquinación clerical o de la extrema derecha encaminada a conquistar espacios de poder público a base de provocar violencia; una argucia de marketing del brazo político de la Iglesia para obtener exposición mediática a base de cargárselo a la cuenta de un adversario político. Otros ven únicamente una reacción lógica del talante natural agreste e incontrolable de los seguidores de López Obrador. Algunos hasta alcanzaron a entrever barruntos de una reedición de la Guerra Cristera, o por lo menos de sus causas inmediatas. Y otros más detectaron la motivación del agravio al recinto litúrgico en la herida aún abierta de la derrota perredista en julio del año pasado, con la consecuente reflexión acerca de las inequidades sociales que han acrecentado la división del país. Personalmente no he tenido oportunidad de estar presente recientemente en la zona del Zócalo a la hora del Angelus como para determinar si las campanadas fueron realmente provocativas adrede, como se comentó en los medios. Si así lo fue, cabría preguntarse si fue una estrategia confabulatoria del Arzobispo, de algunos presbíteros «grillos» o una puntada del sacristán. En cualquiera de los casos, aunque con diferencias obvias de gravedad, se trataría de un error mayúsculo, una irresponsabilidad incomprensible. Pero ¿será posible? Parece difícil creerlo. La Iglesia, maestra en paciencia y en el quehacer diplomático, sabe que esa no es la mejor forma de exigir el respeto a sus derechos ni de sentar un pie de playa en la arena política. Es más lógico, entonces, inclinarse a pensar que se trató de una reacción irreflexiva y torpe de algunos elementos ultrarradicales del PRD. Los antecedentes de comportamiento de este partido, y su ya legendaria premura por responder instintivamente -opuesto a reflexivamente- a cualquier molestia o diferencia, dan pie a esta suposición. Si a eso añadimos que probablemente muchos de los seguidores de López Obrador tienen poco o nulo conocimiento de las creencias, costumbres y tradiciones católicas, todavía se torna más creíble esta versión. Ello no quita que tal conducta sea incongruente en una agrupación que se dice partido político y que tiene los intereses superiores de la Nación como eje motivador. La respuesta de la Iglesia, sin embargo, debe limitarse a procurar la protección de los fieles y de sus recintos litúrgicos, sin meterse en denuncias judiciales y esas cosas, que sólo agravan la situación, y se perciben como menos evangélicas (lo de poner la otra mejilla sigue siendo válido, ¿o no?). |