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PÓRTICO 
La horda de rijosos que irrumpió el pasado domingo en la Catedral Metropolitana de la ciudad de México —identificada con el señor López Obrador— no actuó sola; sabía a lo que iba: a crispar aún más el ambiente político nacional y a provocar el pánico entre los fieles de la única institución que sus ataques no han podido destruir que es la Iglesia católica.
Por Jaime Septién La horda de rijosos que irrumpió el pasado domingo en la Catedral Metropolitana de la ciudad de México —identificada con el señor López Obrador— no actuó sola; sabía a lo que iba: a crispar aún más el ambiente político nacional y a provocar el pánico entre los fieles de la única institución que sus ataques no han podido destruir que es la Iglesia católica. Haber obligado a cerrar al culto la sede del arzobispo primado de México es un acto de extrema gravedad. En 1926, al inicio de la «guerra cristera», también hubo suspensión de cultos por no reunirse las condiciones mínimas de seguridad en la liturgia. Entonces, como ahora, la autoridad fue desdeñosa. El general Calles pedía a los obispos que cumplieran la ley (cuando era poco menos que suicida hacerlo); el señor Ebrard dice a los cuatro vientos que la medida tomada por el apoderado legal de la Catedral Metropolitana «es muy exagerada». El nudo desde donde se desata la historia, está en el pretexto que tomaron los cerca de 200 «espontáneos» que patearon, insultaron, agredieron y lanzaron consignas contra el cardenal Rivera Carrera (que estaba en Roma) y contra Benedicto XVI (que nunca ha venido a México como Sumo Pontífice): en que «se molestaron» por «la provocación» que sufrió su líder (AMLO) por el repique de campanas que llamaban a Misa de doce, mientras el caudillo se disponía a hablar en el Zócalo (que parece ser su oficina pública). Pretexto pueril, donde los haya. Estos líderes —hoy protegidos por la autoridad capitalina— tienen que parar ya la escalada de violencia. Están jugando con fuego. Están destapando viejas rencillas jamás cicatrizadas. Están alimentando el miedo, que es el peor de los consejeros para construir el desarrollo. Ésa no es política: es la guerra contra la Iglesia. Por lo tanto, es la guerra contra de Cristo Rey. ¿No les recuerda esto un episodio aciago de nuestra historia reciente? |