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REPORTAJE 
Junto a una inquietud seria y prudente acerca de este problema, nos llegan, por desgracia, ideologías maltusianas, biologistas, catastrofismo y naturalistas.
Por Jorge Enrique Mújica / GAMA La concesión del premio Nobel de la Paz al Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) ha constituido el culmen del reconocimiento a una carrera ideológica de carácter planetario. Negocio y bandera política Lo que un día comenzó por una preocupación real, justa y necesaria, el cuidado del medio ambiente, ha degenerado hasta convertirse en un tema mediático del cual se han logrado alcanzar notables réditos económicos al hacer del así llamado «cambio climático» una bandera política, un estandarte ideológico y un objeto de consumo a través de libros, DVDs, audiocintas, programas de televisión y publicaciones sobre el tema. En el fondo, ciertamente, hay un problema climático que constatamos ya no únicamente por las noticias que de desastres naturales, incendios, altas o bajas temperaturas e inundaciones se ven u oyen por televisión o radio. Visión equilibrada A finales del mes de septiembre pasado, en la sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas dedicada al cambio climático, el subsecretario para las relaciones con los Estados de la Santa Sede, monseñor Pietro Parolin, reconoció que ese tema «es una seria preocupación y una responsabilidad ineludible para científicos y otros expertos, para líderes políticos y gubernamentales, para administradores locales y organizaciones internacionales, así como para todo sector de la sociedad humana y para cada persona», por lo cual subrayaba el imperativo moral según el cual todos tenemos la grave obligación de proteger el ambiente. A la vez, destacaba que «ante las diferentes reacciones e interpretaciones de los informes del IPCC, las mejores evaluaciones científicas han establecido una relación entre la actividad humana y el cambio climático. De todos modos, los resultados de estas valoraciones científicas, y las incertidumbres que permanecen, no deberían ser exageradas ni minimizadas en nombre de políticas, de ideologías o del interés personal». En la última semana de octubre, monseñor Celestino Migliore, observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, recordó que la crisis medioambiental «nos llama a examinar cómo usamos y compartimos los bienes de la Tierra y qué pasaremos a las generaciones futuras», a la vez que ponderó la necesidad de «una visión más positiva del ser humano, en el sentido de que a la persona no se le considera un problema o una amenaza para el medio ambiente, sino un responsable del cuidado y la gestión del mismo». En un reciente artículo de Jonh R. Christy (The Wall Street Journal, 1 noviembre de 2007), director del Centro de Ciencias de la Tierra en la Universidad de Alabama y uno de los científicos que trabajan en el IPCC, explica que las predicciones sobre el calentamiento de la Tierra y sus consecuencias son sólo hipotéticas y resaltaba que el mundo tenía otros problemas más ciertos y urgentes como la pobreza y la alimentación. A pesar de la divergencia de opiniones aun dentro del mismo IPCC, nos quedamos con la ponderación de monseñor Parolin por proceder de una reflexión equilibrada y no basada en intereses políticos y económicos. Realidad que necesita soluciones Así, el «cambio climático» es una realidad con hipótesis de causas aún no totalmente claras; pero con una lógica sencilla se puede entender lo perjudicial que resulta la producción de energía a base de carbono, el consumo de combustibles fósiles y otras emisiones de gases de efecto invernadero así como las consecuencias del uso irracional de agua o la tala desmedida de árboles. Sin embargo, como la alteración del clima está trayendo consigo grandes perjuicios se presentan múltiples soluciones que, dependiendo de la procedencia ideológica, serán moralmente justas y aplicables en sus acciones. Los peligros El 20 de septiembre pasado, durante la presentación del libro Recurso ambiente. Un viaje en la cultura del hacer, el cardenal Renato Martino, presidente del Pontificio Consejo y Paz, denunció cuatro de los peligros en los que puede caerse al proponer soluciones al cuidado del ambiente: 1. La ideología del biologismo, por el que no se distingue la diferencia sustancial entre el hombre y los animales. Propuestas viciadas en este sentido son todas aquellas que quieren equiparar la vida de una planta o un animal a la de un ser humano. 2. La ideología del catastrofismo, que ve al hombre únicamente como problema; tan es así que del pesimismo se pasa a la desconfianza hacia el ser humano llegando a riesgos tan actuales y desgraciadamente vigentes como el aborto o la esterilización en orden a disminuir la población mundial. 3. La ideología neomaltusiana. que propone planificar de modo centralizado los nacimientos , violentando la voluntad de la mujer. 4. La ideología del naturalismo, que es lo mismo que el retorno de la naturaleza a las diversas formas de esoterismo naturalista, narcicismo físico, búsqueda de un bienestar psicológico y emotivo confundido con bienestar espiritual, como la New Age. Conclusión Con la estructura fundamental a favor de la «ecología humana», que es la familia, debemos caminar hacia una «ecología social», que significa que el medio ambiente debe ser encaminado al bien del hombre de hoy y de las generaciones futuras, y que el medio ambiente humano, la salvaguarda de la vida, de la familia, el trabajo, la ciudad, también debe ser custodiado. |