|
FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
El voto de estabilidad impide al monje entregarse a la vana esperanza de soñar en hallar un monasterio perfecto. Cuesta aceptar a los demás. Pero hay algo más costoso: aceptarse a sí mismo.
Por el padre Justo López Melús San Benito introdujo muy sabiamente en su Regla el voto de estabilidad, que liga para siempre al monje a un determinado monasterio. Conocía muy bien que las limitaciones de cada monje y de su comunidad forman parte del plan de Dios para la santificación de las personas. El voto de estabilidad impide al monje entregarse a la vana esperanza de soñar en hallar un monasterio perfecto. Y quien dice monje... Es muy peligroso entregarse a vanas ilusiones. Si estuviera en otro sitio... Cuando cambien las cosas... Si tuviera otros jefes, otros compañeros, otras circunstancias... Si yo fuera de otra manera... Esto es perder el tiempo. Porque todo esto ha sido querido o permitido por Dios. Todo esto es lo mejor, lo único a mi alcance, para mi santificación, lo que Dios preparó para mí desde la eternidad. «Todo lo que ocurre es adorable» (Termier). «Las circunstancias son los sacramentos de la voluntad de Dios» (Edel Mary Quinn). «Todo ha sido pensado y soñado por el Padre para mí. No existimos tipo estándar, sino por artesanía, por ilusión personal del Padre. Dios me ama tal como soy, y me llama a ser tal como es Él. Contentarse con los planes de Dios Amor sobre cada uno para ponerlos en práctica, llena totalmente» (Esquerda). Cuesta aceptar a los demás. Pero hay algo más costoso: aceptarse a sí mismo. He aquí una hermosa oración: «Señor, dame valor para cambiar lo que puede cambiarse, dame serenidad para aceptar lo que no puede cambiarse, y dame sabiduría para distinguir lo uno de lo otro». Lo demás es «dar coces contra el aguijón» (Hch 26, 14). |