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Un acercamiento a «Jesús de Nazaret» PDF Imprimir Correo
Escrito por + Mario de Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro   
Domingo 25 de Noviembre 2007

ESPECIAL

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Un acercamiento a «Jesús de Nazaret», del papa Benedicto XVI

por Mario de Gasperín Gasperín, obispo de Querétaro

Quiero presentar un acercamiento a la figura y mensaje de Jesús de Nazaret en la obra del papa Benedicto XVI para invitar a los oyentes a su lectura y comprensión. Lo hago, a favor de la brevedad, sólo en el capítulo segundo «La tentación de Jesús»:

1. Tentación significa «prueba». Cristo necesitó ser sometido a prueba en todo, como los mortales a quienes venía a redimir. La carta a los Hebreos señala sólo un límite: «excepto en el pecado». La razón es obvia, el pecado no es humano, es diabólico. Aquí se trata de la elección de Jesús acerca del camino a seguir en su obra redentora: la del Mesías triunfante, Hijo de David, o la del Siervo de Yavé, sufriente y muerto por nuestros pecados. Ambas están anunciadas en el Antiguo Testamento. Prueba que enfrentó durante toda su vida.

2. Entra en escena el Tentador: «Si eres el hijo de Dios…», y vienen los golpes: «Manda que estas piedras se conviertan en panes»; «échate abajo» y los ángeles te recogerán sin tropiezo alguno; «si te postras y me adoras» te daré todos los reinos de la tierra… Comenta el Papa: «Es evidente que el núcleo de toda tentación aparece claro: apartar a Dios que, ante todo lo que aparece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras» (pg. 52). Hoy se llama laicismo.

3. Toda tentación se presenta con capa «moral» (¡No faltaba más!) y como lo sensato y «real» (¡Evidente!). Comenta el Papa: Hoy en día «lo real es lo que se constata: poder y pan» (pg. 53). «La cuestión es Dios: ¿es verdad o no que Él es el real, la realidad misma? ¿Es Él mismo el Bueno, o debemos inventar nosotros mismos lo que es bueno? ¿Qué debe hacer el Salvador del mundo o qué no debe hacer» para salvarnos? Este es el núcleo de toda tentación y en la que sucumbió Adán en el paraíso.

4. De la primera: «Si eres el hijo de Dios… convierte las piedras en pan»; más adelante será: «Baja de la cruz», comenta el Papa: ¿Qué más trágico, qué se opone más a la fe en un Dios bueno y a la fe en un redentor de los hombres que el hambre de la humanidad? El primer criterio de identificación del redentor, «¿No debe ser que le dé pan y que acabe con el hambre de todos?» (pg. 55). Si quieres ser redentor, preocúpate de dar pan. Es, dice el Papa, el mismo desafío que se plantea a la Iglesia: «Si quieres ser la Iglesia de Dios, preocúpate ante todo del pan para el mundo, lo demás viene después» (pg. 56).

5. Jesús y el pan es un tema recurrente en el Evangelio. La multiplicación de los panes y el pan de la Eucaristía; más aún, él es el grano de trigo sepultado y que, muerto, da fruto, produce vida. Este es el camino para producir vida, muriendo. ¿Pero, no sucumbió Jesús a la tentación de dar panes cuando hasta los multiplicó y sobraron? No, porque ese pueblo a) había ido primer a escuchar la palabra de Dios, b) además el pan se pide a Dios como bendición y c) se está dispuesto a compartir. Estos son los tres requisitos indispensables para que haya pan abundante para todos. Por eso la respuesta de Jesús es: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). Cita el Papa al jesuita Alfred Delp, ejecutado por los nazis: «El pan es importante, la libertad es más importante, pero lo más importante de todo es la fidelidad constante y la adoración jamás traicionada». Concluye: «Cuando no se respeta esta jerarquía de los bienes, sino que se invierte, ya no hay justicia, ya no hay preocupación por el hombre que sufre, sino que se crea desajuste y destrucción de los mismos bienes materiales» (pg.57s).

6. Y actualiza el Papa el mensaje: Esto «no solo lo demuestra el fracaso de la experiencia marxista», sino que «las ayudas de Occidente (léase capitalismo, liberalismo, etc.) a los países en desarrollo, basadas en criterios puramente técnicos-materiales, que no sólo han dejado de un lado a Dios, sino que, además, han apartado a los hombres de Él con su orgullo de sabelotodo, han hecho del Tercer Mundo el Tercer Mundo en sentido actual. Estas ayudas han dejado de un lado las estructuras religiosas, morales y sociales existentes y han introducido su mentalidad tecnicista en el vacío». Y concluye: «Creían poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en lugar de pan» (pg. 58). Había ya dicho Juan Pablo II que un Occidente sin Dios seguirá produciendo esa «medicina más dañina que la misma enfermedad».

7. De la segunda tentación: «Échate abajo…», comenta el Papa: Hay una prohibición: «No tentarás al Señor, tu Dios», como hizo Israel en el desierto, diciendo: «¿Está o no está Dios en medio de nosotros?», y exigiendo el pan. «Nos encontramos de lleno ante el gran interrogante de cómo se puede conocer a Dios y cómo desconocerlo, de cómo el hombre puede relacionarse con Dios y cómo puede perderlo. La arrogancia que quiere convertir a Dios en un objeto e imponerle nuestras condiciones experimentales, no puede encontrar a Dios» (pg. 62). ¿Este Dios silencioso que no interviene, este Cristo crucificado, ese Evangelio tan molesto, esta Iglesia tan humana, son realmente el Dios, el Salvador, el Mensaje y la Iglesia que necesita el mundo hoy? ¿Por qué Dios no nos da una prueba definitiva, contundente, que nos saque de la duda de una vez por todas? «Este cuestionamiento, de entrada, presupone que nosotros negamos a Dios en cuanto Dios, pues nos ponemos por encima de Él… Quien piensa de este modo se convierte a sí mismo en Dios y, con ello, no solo degrada a Dios, sino también al mundo y a sí mismo» (pg. 62). Jesús no se tiró del alero del templo espectacularmente, sino que «bajó a los infiernos», a las profundidades de la miseria humana, la muerte y el sepulcro y… allí lo recibieron, no los ángeles, sino las manos amorosas del Padre ¡Dios Padre lo resucitó de entre los muertos y lo hizo Señor de vivos y muertos!

8. De la tercera (Te daré todos los reinos de la tierra si me adoras), «punto culminante del relato», comenta el Papa, remitiendo a la historia: «El imperio cristiano intentó muy pronto convertir la fe en un factor político de unificación imperial…En el curso de los siglos, bajo distintas formas, ha existido la tentación de asegurar la fe a través del poder, y la fe ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente por el brazo del poder. La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para que el reino de Jesús no pueda ser identificado con ninguna estructura política, hay que librarla en todos los siglos» (pg. 65).

9. Pero, ¿no dijo Jesús que a Él «se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra»? «Aquí hay dos aspectos diferentes», comenta el Papa. Primero: «El Señor tiene todo poder en el cielo y en la tierra. Y sólo quien tiene ese poder posee el auténtico poder, el poder salvador. Sin el cielo, el poder terreno queda siempre ambiguo y frágil. Sólo el poder que se pone bajo el criterio y el juicio del cielo, es decir, de Dios, puede ser un poder para el bien. Y sólo el poder que está bajo la bendición de Dios puede ser digno de confianza» (pg. 64). Y, segundo: «Jesús tiene ese poder en cuanto resucitado, es decir: ese poder presupone la cruz, presupone la muerte… El reino de Cristo no tiene ese tipo de esplendor (el que le promete el Tentador). Crece a través de la humildad de la predicación de aquellos que aceptan ser sus discípulos, que son bautizados en el nombre del Dios trino y cumplen sus mandamientos (cf. Mt 28, 19)» (pg. 64).

10. Concluye el Papa: «En la lucha contra Satanás ha vencido Jesús: frente a la divinización fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos, Él contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del hombre. Frente a la invitación a adorar el poder, el Señor pronuncia unas palabras del Deuteronomio, el mismo libro que había citado el diablo: ‘Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto’ (Mt 4, 10; cf. Dt 6, 13)» (pg. 70). Si nuevamente se nos propusiera la alternativa, ¿a quién quieren, a Jesús o a Barrabás?, pregunta el Papa, «¿Tendría alguna oportunidad Jesús de Nazaret?» (pg. 66). Es la elección que cada uno, quiéralo o no, tiene que hacer.


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