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PÓRTICO 
Aquí están condensadas las ideas de una política entendida como el arte de la más suprema caridad. Lo que olvidan nuestros políticos es que no están ahí para otra cosa que para servir.
Por Jaime Septién El Pontificio Consejo Justicia y Paz ha publicado las «Bienaventuranzas del político» formuladas por el siervo de Dios, el cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân —quien presidió el dicasterio— en 2002, año de su muerte. ¿Bienaventuranzas de un político? Pues sí, y vaya que son necesarias, ahora que los políticos –de aquí y de allá— andan tentando las dizque mieles del más feroz pragmatismo. Las suscribo y las copio: 1. Bienaventurado el político que tiene un elevado conocimiento y una profunda conciencia de su papel. 2. Bienaventurado el político cuya persona refleja la credibilidad. 3. Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés. 4. Bienaventurado el político que se mantiene fielmente coherente. 5. Bienaventurado el político que realiza la unidad y, haciendo a Jesús punto de apoyo de aquélla, la defiende. 6. Bienaventurado el político que está comprometido en la realización de un cambio radical. 7. Bienaventurado el político que sabe escuchar. 8. Bienaventurado el político que no tiene miedo. Aquí están condensadas las ideas de una política entendida como el arte de la más suprema caridad. Lo que olvidan nuestros políticos –y más aún nuestros políticos católicos—es que no están ahí para otra cosa que para servir. Y sólo se sirve a la sociedad amando al hombre concreto, no amando su voto. La perversión de la política —según la cual lo que vale es lo que produce votación copiosa a favor de uno o del partido— los ha llevado (a los políticos de todos los sabores y colores) a olvidar algo tan sencillo que solamente un alma tan sencilla como la del cardenal Van Thuán puede observar (y decir): que el servicio lleva consigo el sacrificio. |