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FLOR DE HARINA (Sal 147, 14) 
Frente a los que disfrutan ejercitando el contagio del descontento hay que poner en marcha el contagio de la esperanza.
Por el padre Justo López Melús Un día contó Buda a sus discípulos esta parábola: Un hombre que caminaba por el campo se encontró de improviso con un tigre. Echó a correr, perseguido de cerca por la fiera. Llegó a un precipicio, se agarró a la raíz de una vid salvaje, y quedó colgado entre el cielo y la tierra. El tigre le olfateaba desde lo alto. Temblando de miedo, el hombre miró hacia abajo, donde, al fondo del abismo, otro tigre le esperaba para devorarlo. Solamente se sostenía gracias a aquella raíz. Dos ratones, uno blanco y otro negro, comenzaron a roer poco a poco la vid. Entonces el hombre descubrió a su lado una fresa estupenda. Agarrándose a la vid con una mano, con la otra cogió la fresa. ¡Qué rica estaba! Hermosa lección. Hacer notar la presencia de los tigres, los ratones y el precipicio es una triste tarea de necrófilos. Ayudar a descubrir la fresa, el lado positivo de las cosas, es una noble tarea de biófilos. Es triste la misión de los profetas de calamidades. Frente a los que disfrutan ejercitando el contagio del descontento hay que poner en marcha el contagio de la esperanza. «Estad siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere» (1 Pe 3, 15). «La esperanza no defrauda» (Rm 5, 5). Como cuenta el Rabí Simeón ben Gamaliel sobre el sacerdote Aarón: cuando veía a dos personas que se odiaban iba hacia una y le decía: «¿Por qué le odias? Acaba de venir a mí y me ha dicho: he pecado contra él, pídele que me perdone». Luego dejaba a éste e iba al encuentro del otro. Así devolvió la paz, el amor y la amistad entre un hombre y su prójimo y apartó a muchos del mal. |