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El día que conocí a Ephrem Imprimir
Escrito por Uwavutse, hermano marista   
Domingo 28 de Octubre 2007

TESTIMONIO

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Casi me caigo de espaldas. He conocido a una persona, un chico de 17 años, capaz de perdonar a quien le ha herido, a quien ha matado a su madre. Era alucinante.

Por Uwavutse, hermano marista / Eusa, diario de un misionero

Ya le había visto por la tarde, cuando todos los chicos llegaban al internado después de las vacaciones. Me había saludado con mucha educación, y yo le había respondido con la misma moneda. Pero ahora, por la noche, mientras daba una vuelta por el gran dormitorio donde dormían unos doscientos chavales, me quedé clavado.

Todos los chicos habían traído de casa el colchón en el que iban a dormir durante el año, pero ahora yo estaba de pie delante de una litera en la que no había colchón. El muchacho que se acurrucaba en ella había puesto unos cartones encima del somier y se había envuelto en una manta vieja.

— ¿No tienes colchón?
— Se me ha olvidado en casa —mintió.

No, no se le había olvidado. Simplemente no tenía colchón. Nadie en su casa tiene colchón. Y le daba vergüenza confesarlo. Así que al día siguiente le busqué uno. Al momento de dárselo, en secreto, para no humillarle delante de los demás, me di cuenta de otro detalle. Cuando le tendí la mano para saludarle, vi que en la parte interior del brazo tenía una cicatriz de quince centímetros que intentaba, si no esconder, al menos no mostrar abiertamente pegando el brazo a su cuerpo.

Cuando más adelante tuve suficiente confianza con él, me explicó que esa cicatriz, y otras que tenía por el cuerpo, eran de unas heridas de machete.

Se las habían hecho durante el genocidio de 1994. Él era un niño de 8 años en aquel entonces. Su padre y sus hermanos llevan señales parecidas. A su madre la mataron también a golpes de machete delante de ellos. Se hicieron los muertos y por casualidad no les remataron. Al día siguiente, a escondidas, como animales acorralados, huyeron hacia donde pudieron. No sabían ni adónde iban. Sólo había que andar, andar. Esconderse de día y andar de noche. Llegaron hasta la vecina Tanzania. Habían andado más de 200 kilómetros. Cuando las cosas se serenaron, volvieron a su casa.

— ¿Y quién les hizo eso?
— Los conozco, son mis vecinos.
— ¿Y siguen viviendo al lado de ustedes ?
— Sí.
— ¿Y no les denuncias?
— No. Yo ya les he perdonado.

Casi me caigo de espaldas. He conocido a una persona, un chico de 17 años, capaz de perdonar a quien le ha herido, a quien ha matado a su madre. Era alucinante.

Yo había venido a Rwanda de misionero. Se supone que uno viene a enseñar, a evangelizar. Y de pronto, me caí del caballo. Me di cuenta de que no había venido a enseñar, ni a evangelizar. Comprendí que había venido a que me enseñaran y a ser evangelizado.

Y además, casi me muero de vergüenza cuando, al final de nuestra conversación, Ephrem me dio las gracias. No me agradeció el colchón del primer día del curso, ni el dinero con el que le había pagado los estudios. Me dijo simplemente: «Gracias por escucharme».

Así son las cosas. Si a mí me hubiera pasado la décima parte de por lo que éste y otros muchos chicos y chicas rwandeses han atravesado, ahora estaría probablemente bajo tratamiento severo de depresión. Son treinta años más jóvenes que yo, pero son veinte veces más maduros que yo. No son religiosos consagrados, pero son más cristianos que yo.

Gracias, Señor, por haber conocido a Ephrem y a tantos otros muchachos y muchachas que me han enseñado a perdonar, a tener ganas de vivir. Hay evangelios escritos, y hay evangelios vivientes. Yo tengo la suerte de conocer a los dos.

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