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VIGÍA 
Con sobrada razón los obispos mexicanos demandan una «conversión pastoral», que empiece en el corazón y transforme las estructuras de la Iglesia y la haga discípula, conformada con Cristo, y misionera.
Por Javier Algara La pregunta que encabeza el presente escrito no la hice yo. Fue formulada, medio en broma, medio en serio, por uno de los integrantes de un grupo de profesionistas católicos que, ante las declaraciones de monseñor Carlos Aguiar Retes, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, aparecidas en el número 639 de El Observador, y teniendo como tema principal la V Conferencia General del CELAM en Aparecida, charlaban animados sobre algunos de sus tópicos. Entre éstos destacó, en cierto momento, lo que monseñor Aguiar Retes llama «pastoral clientelar», esa actitud de muchos sacerdotes de simplemente esperar a que venga el fiel a la oficina parroquial a solicitar un «servicio», confiados erróneamente en que México es un país católico y que sobran bautizos, primeras comuniones, bodas y difuntitos para mantener viva la práctica de los sacramentos. Hay entre los fieles una lastimosa sensación de que muchos párrocos están más preocupados por edificar templos que comunidades cristianas, por atender lo administrativo que lo pastoral y misionero; que hay escaso interés en las vidas, material y espiritualmente hablando, de sus feligresías (¿Ya adivinó usted la respuesta a la pregunta del encabezado?). El parecido entre el párroco y el diputado estriba en que nadie los conoce. Jamás se dejan ver de la población. No es poco común escuchar otras preguntas, entre curiosas y quejumbrosas, como «¿Qué hace el señor cura entre la Misa de la mañana y la de la tarde?», «¿A qué se dedican los sacerdotes fuera de los horarios de las Misas?». Una señora de edad madura afirmaba que en los más de quince años que ella ha vivido en su colonia jamás el párroco la ha visitado, o cruzado palabra con ella después de Misa. Según las secretarias de algunas oficinas parroquiales, agendar una cita con el señor cura es más difícil que ver al arzobispo. Algunos movimientos católicos han empezado a visitar los hogares de la jurisdicción parroquial, pero sin asesoría ni apoyo del párroco, llevados más por el dinamismo del propio grupo que como fruto de una pastoral parroquial. Esto también tiene relación con lo que el documento conclusivo de Aparecida llama «falta de acompañamiento de los sacerdotes» para con las actividades de los seglares. Lógicamente, también hay multitud de quejas acerca de que los contenidos de las homilías dominicales no tienen nada que ver con la vida de la gente. ¿Cómo van a tenerlo si, como lamenta un buen porcentaje de la «clientela», párroco y pueblo cristiano no se conocen mutuamente? Algunos sacerdotes cubren el expediente repitiendo, casi verbatim, el Evangelio del día, con el consecuente aburrimiento de la asamblea, y con el natural incremento de la sensación de frustración de esta última ante lo que consideran falta de atención clerical a sus necesidades religiosas. Y, si a eso le añadimos el elemento de la falta de formación cristiana de la mayor parte de los fieles, tenemos ahí una mezcla peligrosa, causa segura de deserción de muchos hacia las sectas o hacia la secularización, la descristianización y la apatía religiosa. Con sobrada razón los obispos mexicanos demandan una «conversión pastoral», que empiece en el corazón y transforme las estructuras de la Iglesia y la haga discípula, conformada con Cristo, y misionera. ------- N. del E.: Ver nota aclaratoria y artículos relacionados en el No. 644 |