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CULTURA 
Un estudioso verdadero, es decir, un verdadero estudioso, sirve a los ojos del mundo como ejemplo vivo, dado su modo de vida y su conducta gracias a la sabiduría adquirida.
Por Carlos Díaz Siempre he tenido la necesidad de estudiar, todos los días de mi vida y algunas noches también, cuantas más horas mejor. También me siento alegre e inspirado al menos en esto: en que desde mi primer libro, con excepciones especialísimas, he traducido a lenguaje fácil lo más difícil, con todos los riesgos que ello conlleva. Creo que me sentiría en pecado si no procurase trasladar a los más sencillos los más altos conocimientos. En estos días me dispongo a pasar a la computadora un libro que he acabado de redactar sobre un pensador judío muy especial en el ámbito en que ahora nos estamos moviendo. Al leerle he sabido o recordado que Talmud quiere decir estudio, y que el Talmud es, a su vez, la quinta esencia del mitzvat talmud Torah, que asume el precepto positivo de estudiar la Torah, de adquirir conocimiento y sabiduría a través de ello, y para así alcanzar el Reino. En cuanto que iniciación que es a la sabiduría, el principal propósito del judío sincero es el estudio en sí mismo. Un estudioso verdadero, es decir, un verdadero estudioso, sirve a los ojos del mundo como ejemplo vivo, dado su modo de vida y su conducta gracias a la sabiduría adquirida Ahora bien, ¿quiénes son sabios? Los alumnos de los sabios (talmidei hahamin). Porque, desde el banco de pruebas del estudio humilde, su erudición implica y explica al hombre entero, el hombre sabio se convierte en el símbolo de la Torah, toda su naturaleza en sinónimo de ella. Qué gran regalo poder, durante la vida entera, estudiar el ansia de estudiar los actos y las conversaciones de los estudiosos y de aprender de ellas, dándose por supuesto que cualquier cosa dicha o hecha por un sabio estudioso puede servir de guía para las demás personas. Son, pues los sabios, santos: la comunión de los santos es más profunda en ellos. Ya desde antaño, los tannaítas (de Tanna, término hebreo que define a la persona que ha estudiado repitiendo y transmitiendo lo aprendido de sus maestros para preservar la memoria, es decir, el corazón de la sabiduría) dejaron muy claro que semejante memoria poco o nada tiene que ver con la superficial repetición sin hondura de algunas formas de (des)conocimiento. Las academias (yeshivot) de los tanaítas existen para que cada persona aprenda a vivir esa sabiduría, esa es su principal ocupación. Sin solución de continuidad, más tarde los amoraítas (del verbo hebreo amar: decir o interpretar) añadieron a la labor de los tanaítas el cuidado de preservar materiales adicionales, los baraitot, todo un mundo de sabiduría acumulada. (me atrevería a recomendar al respecto, así las cosas, el magnífico libro de un a su vez magnífico sabio, Adin Steinsaltz, Introducción al Talmud. Ed. Riopiedras, Barcelona, 2000). Y así, por los siglos de los siglos, ha podido perdurar el corazón del mejor Israel. Paradójicamente -tan sólo en apariencia- ha sido adicionando de este modo como ha permanecido el resto de Israel. ¿Saben ustedes por qué? Porque la emoción y la seriedad del estudio de los sabios y su vivencia y transmisión de lo eterno en ellos ponen de manifiesto la relación profunda que existe entre la belleza y el saber, tal y como lo trasmite elTaanit (7a-b). No nos resistimos a reproducir el siguiente texto, auténtica joya, en la que no faltan ni ternura ni vigor, ni humor, esos tres pilares de una sabiduría capaz de servir de cimiento existencial: «La hija del emperador preguntó a R. Yehosúa ben Jananyá: ‘¿Cómo es posible que una sabiduría tan grande como la tuya pueda alojarse en un recipiente tan poco agraciado?’. El rabí le contestó: ‘¿En qué sirve tu padre el vino?’. ‘En recipientes de arcilla’. Él le dijo. ‘Todo el mundo sirve el vino en recipientes de arcilla, ¿y también tu padre lo sirve en recipientes de arcilla?’. Ella le preguntó: ‘¿Y dónde hay que servirlo’. Él le dijo: ‘La gente como vosotros, que gozáis de consideración, sirve el vino en recipientes de oro y plata’. Ella fue junto a su padre y le dijo. ‘Sirve el vino en recipientes de oro y de plata’. Y el vino se puso agrio. «El emperador preguntó a su hija: ‘¿Quién te ha dicho eso?’. Ella contestó: ‘Rabí Yehosúa ben Janayá’. El emperador llamó al Rabí Yehosúa ben Janayá y le preguntó: ‘¿Por qué hablaste de ese modo a mi hija?’. El rabí le dijo: ‘Del modo en que ella me habló, así le hablé yo’. «—¿Pero acaso no hay hombres a la vez agraciados e instruidos? «—Si fuesen más feos -replicó el rabí- serían sin duda más instruidos». Acabo de entender por qué Sócrates, el feo, el feísimo tan atractivo, resultaba tan antipático a Nietzsche. |