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ENSAYOS CRISTIANOS 
Es triste pensar que a menudo vemos la vida como la ve el demonio: con una lucidez atroz. El demonio ve con claridad, pero ve sin amor. Cuanto hay de radiante o de santo, él no lo ve, o lo oculta, o lo odia.
Satán significa acusador. Su trabajo es apuntar con el dedo, señalar los defectos, gritar los pecados y desconfiar de la bondad. Todo gesto le parece sospechoso y toda piedad interesada. «¿No te has fijado en mi siervo? ¡No hay nadie como él en la tierra; es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal!», exclama el Altísimo lleno de orgullo al contemplar desde el Cielo las virtudes de Job. «Ah, ¿pero es que Job teme a Dios gratuitamente? —responde el adversario con un dejo de cinismo— ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos, y sus rebaños hormiguean por el país. ¡Pero extiende tu mano y toca sus bienes: ¡verás si no te maldice a la cara!» (Job 1, 1-11). Su actitud fundamental es la desconfianza: en los gestos más heroicos no ve sino cálculos interesados y dobles intenciones; para él, la vida es una comedia cuya verdadera trama se lleva a cabo no sobre las tablas, sino detrás del telón. «Hay que desconfiar de todo y de todos», nos dice con frecuencia al oído. «Aquél que te sonríe desde la acera de enfrente, ¿sabes tú por qué lo hace? ¿Adivinas lo que quiere de ti, o por lo menos lo sospechas? ¡Nadie se muestra simpático con los demás sólo porque sí!». Ni siquiera se le ocurre que pudiera existir lo que los psicólogos llaman gratuidad, esa hermosa virtud que nos impele a hacer las cosas por el puro placer de hacerlas. («¿Ah, pero es que Job teme a Dios gratuitamente?»). En una de las páginas de su Diario, Julien Green hizo una certera descripción de la mirada demoníaca; escribió así el 10 de febrero de 1959: «Es triste pensar que a menudo vemos la vida como la ve el demonio: con una lucidez atroz. El demonio ve con claridad, pero ve sin amor. Cuanto hay de radiante o de santo, él no lo ve, o lo oculta, o lo odia. Nos hace ver a aquel hombre y nos dice: «¡Míralo! Mira cómo se atraganta cuando come; ¿no parece una bestia? Es de una glotonería atroz. Se cree bueno, pero está lleno de pensamientos impuros. Para hacer una prueba, escucha cómo habla de los recientes escándalos. Es un hipócrita y un egoísta». Y acaso todo eso sea verdad, pero hay otras muchas cosas además de éstas que nos negamos a ver, que veríamos si estuviésemos más atentos». De día, de noche, a todas horas, Satán acusa en nuestro interior a los demás haciéndonoslos parecer siempre viles, siempre inferiores. Es él quien nos incita a ver de las personas sólo el lado sombrío y de las cosas el aspecto deprimente. Se goza en cultivar en nosotros la desconfianza, el horror, el pesimismo. Pero eso no es todo: también se complace en acusarnos a nosotros mismos delante de nuestra propia conciencia. «Eres vil, un cerdo. ¿Crees que alguien podría quererte siendo como eres? ¡Pobre animal! Lo único que causas es desprecio. Observa los movimientos de esta persona que está frente a ti. ¿Crees que en realidad tiene prisa, como dice? ¡Mentira! La verdad es que huye de ti, no quiere verte. Ahora mira a aquella otra: es bella y, además, rica. ¿Has observado que belleza y riqueza casi siempre caminan de la mano? Allí donde hay riqueza, casi siempre podrás encontrar a su gemela. Tú, en cambio, eres pobre y feo. ¿Y no se te ha ocurrido nunca reclamarle a Dios por haberte hecho como te hizo? A los otros, todo se lo dio; a ti, todo te lo negó. ¡Anda, maldice a Dios en su cara y muérete de una vez!». «La acción del Enemigo —escribe el cardenal Carlo Maria Martini en uno de sus libros— es la de apagar los deseos, acusarnos, apagar todo lo bueno que hay en nuestro interior. Tenemos, pues, que aprender a reconocerlo, porque está enfurecido contra nosotros. Siempre nos hace ver nuestros lados negativos, nuestros errores y nuestras incapacidades. Contra su acción, Jesús recomienda lo siguiente: no hacer caso ni dentro de nosotros, ni en la comunidad, ni en el grupo, a las voces de derrotismo y de pesimismo, que son las voces del demonio». Cuando me siento inferior (o siento que los demás son inferiores a mí); cuando creo que no valgo nada (o que son los otros los que nada valen); cuando ya no espero nada de la vida, ni de los demás, ni de mí, ni de Dios; cuando pienso que lo mejor sería morirme de una vez (o que mi vecino debería morirse), no hay que darle demasiadas vueltas al asunto: ya sabemos quien nos está dirigiendo la palabra. P. Juan Jesús Priego |