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Escrito por Sergio Ibarra   
Domingo 28 de Octubre 2007

DILEMAS ÉTICOS

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Cumplirlo nos recuerda en la o en las que nos hemos metido. Para que tenga lugar, su existencia condiciona la libertad y la voluntad.

Por Sergio Ibarra

Se le habla y se habla, se le menciona y se menciona, se le invoca y se invoca, se le exige y se exige, se le reclama y se reclama. Es causa de satisfacciones, pero también de conflictos; representa a los cumplidos, pero también a los incumplidos; se gana con él, pero también se pierde; se enseña, pero también se ignora; distingue a quien le honra, pero también discrimina a quien le olvida; te viste si estás con él y te puede dejar en la calle si le olvidas; te puede rodear de cariño si lo sigues, o dejarte en la mas profunda soledad; deja ejemplos, pero también siembra envidias. No tiene horarios, ni medidas, ni ISO´s, ni indicadores de productividad, ni estándares, ni presupuestos, ni escorecards, ni tampoco abonos y haberes, ni estados financieros y tampoco un manómetro o un termómetro que de algo sirvan o que valgan para saber y conocer. Nos empeñamos en transmitirle a los demás, cuando la memoria y el interés está un poco de un lado; cuando no, nos hacemos como que no está y nos hacemos los invisibles, y si la cosa se pone dura, total, con una buena salida o una firma lo anulamos.

Motivo de discusiones, diferencias, pleitos, juicios y rencores, a tal grado que ha sido desde siempre, en la convivencia humana,  un elemento básico para enunciar leyes, regular intercambios, saldar cuentas, poner al otro en su lugar, demandar, divorciarse, pagar deudas, aclarar sus razones hasta estar en paz y en una de esas, quizás, aspirar a la armonía. Y que conste que la misma solamente puede existir si olvidamos lo que nos distancia del otro y le ponemos atención a lo que nos acerca, si nos ocupamos por hacer y decir lo que venga al caso y no lo que no viene y nos aleja del prójimo.

Cumplirlo nos recuerda en la o en las que nos hemos metido. Para que tenga lugar, su existencia condiciona la libertad y la voluntad. Y  hay algunos que son para toda la vida, sí que los hay, aunque a veces los pongamos en el armario o en el closet o los guardemos en una caja o en el olvido. Cumplirlo con lleva la palabra y el actuar del hombre. Cumplirlo no admite grises, ni matices, ni interpretaciones personales, ni banalidades. Cumplirlo nos da la ventaja de hacer el bien. Cumplirlo vale la pena, a condición de «no haberla regado». Cumplirlo vale, al menos, para que, cuando la vida pase con la conciencia en la mano, nos permita estar tablas con ella, como decía el querido maestro Arreola, y tener un final en la intimidad con Dios, mas o menos decoroso.

No es un asunto de computadoras, ni de tecnología, ni de fortunas, ni de propiedades, ni de pertenencias. El compromiso  es un fiel en la balanza que nos recuerda cuándo lo hacemos bien y cuándo lo hacemos mal; que, al fin de cuentas, de eso se trata.

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