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Indígenas en la ciudad: «Si quieres una foto, págame» PDF Imprimir Correo
Escrito por Gilberto Hernández García, OFM   
Domingo 21 de Octubre 2007

GRAN REPORTAJE

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Han tenido que hacer renuncias que en principio no habían aquilatado. Para muchos pobladores de la ciudad los indígenas son un «vergonzoso rastro del pasado».

Por fray Gilberto Hernández García, OFM

«Si quieres un foto, págame», me dijo Lucía en tono áspero mientras se cubría con los holanes de su blusa, y sin más me soltó una ristra de acusaciones: «Tú, siempre que voy a Querétaro me tratas mal; me ves con mi canasta de dulces y me la quitas y me avientas todo al suelo. Y cuando vienes pa’cá quieres que yo te trate bien», sentenció.

«No queremos foto porque luego viene la policía y nos lleva a la cárcel», salió en defensa de la primera una de las mujeres que se encontraban vendiendo pulque y dulces a un costado del templo de Santiago Mexquititlán.

Con el estigma de la diferencia

Protegidas por un improvisado toldo hecho con retazos de costal, sentadas en el suelo, sin dejar de estar a la defensiva, relatan los malos tratos que constantemente reciben en la capital queretana, al llevar su mercancía a vender.

Cuando la central camionera se encontraba en donde hoy se ubica la biblioteca «Gómez Morín», los otomíes, después de una ardua jornada de trabajo, acostumbraban a pasar la noche en el frío suelo de las estrechas salas de espera o afuera del lugar; sin embargo, según testimonio de una de las mujeres, los trabajadores de la camionera los corrían echándoles agua, o le hablaban a la policía para que los desalojara. Así, no tenían más remedio que buscar algún parque público para descansar. «A veces eran las dos de la mañana y todavía andábamos buscando donde dormir, porque llegábamos a los portales del centro y también de ahí nos corrían», recuerdan.

«La otra vez estaba agarrando sombra en la plaza [en jardín Zenea], no estaba vendiendo, todas mis cosas las traía amarradas, nomás traía la canasta de dulces en las manos, estaba en una banca y llegó un policía y me dijo que me fuera, pero yo le dije que no estaba vendiendo que no estaba haciendo nada, y me dijo que de todos modos me fuera, porque me veía muy mal ahí, que daba mal aspecto», cuenta Lucía con indignación.

Ajenos en su propia tierra

Emigrar temporalmente de Santiago Mexquititlán a Santiago de Querétaro no es sino apenas el primer paso, el inicio, en esta intrincada dinámica de sobrevivencia. Para muchos indígenas presentes en esta cosmopolita ciudad, la vida en la misma no es fácil, ya que constantemente son víctimas de la discriminación y la exclusión.

Para la gran cantidad de turistas que visitan esta ciudad de cepa colonial la presencia de los otomíes es un atractivo más; sin embargo, para muchos pobladores de la capital queretana son un «vergonzoso rastro del pasado» y un lastre para el desarrollo; y de muchas maneras les hacen sentir el estigma.

Porque no sólo se trata del desprecio manifestado con palabras del que son objeto los que mendigan o los que ofrecen sus artesanías en la vía pública,  sino  también de las actitudes y hechos netamente abusivos contra los que se desempeñan en otros oficios, como empleados, sirvientas, en la construcción o, incluso, los jóvenes de origen indígena que vienen a estudiar aquí. Muchos de los trabajadores de la construcción tienen que emplearse bajo condiciones por demás desventajosas, con horarios extenuantes y sin las debidas prestaciones sociales; en el mismo tenor se encuentran algunas de las mujeres que prestan sus servicios como trabajadoras domésticas.

En la lucha por la sobrevivencia han tenido que hacer renuncias que en principio no habían aquilatado. Es el testimonio de Tomás, un taxista amealcense con más de 15 años viviendo en la ciudad: «Constantemente, hemos sido hostigados y discriminados por el hecho de ser indígenas. Por eso, un tiempo, muchos de nosotros decidimos no usar nuestra vestimenta tradicional ni hablar el otomí, porque los ciudadanos se burlaban de nosotros»; incluso la decisión fue más allá: después de haberse asentado en una colonia al norte de la ciudad, optaron por no enseñar su lengua a los hijos pequeños para «que ellos no sufrieran las mismas discriminaciones»; además dejaron de producir y vender sus artesanías y se dedicaron a ofrecer frituras porque eso les redituaba una ganancia mejor.

En búsqueda de raíces y alas

La realidad de los otomíes en situación de diáspora o de transitoriedad en Santiago de Querétaro es vivo ejemplo de la tendencia globalizante de suprimir las diferencias culturales. La visión de un mundo homogéneo se ha tratado de imponer y, por tanto, la diversidad se percibe como una amenaza y un riesgo para la estabilidad; de ahí que se sigan emprendiendo, velada y disimuladamente o de manera abierta, infinitos esfuerzos por incorporarlos a la «modernidad» o «hacerlos invisibles». Los medios de comunicación han creado o reforzado estereotipos negativos sobre los indígenas, dando como resultado la promoción del racismo y la discriminación. Este lamentable escenario comporta la pérdida de valores culturales, incluso el menoscabo de las mismas culturas, que son poseedoras de «una visión, una manera de conocer, interpretar y nombrar el mundo», fruto de siglos de construcción, de reflexión, de intercambio, de experiencia, de vivencias.

Si bien en el discurso del Estado y de muchas instituciones se ponderan las culturas indígenas prehispánicas, tal como se hace en otros países, en la vida cotidiana  no sucede lo mismo con los indígenas contemporáneos. Baste ver cómo en el Artículo 2º de la nuestra Constitución Política, reformado en 2001, se define a México como una nación de composición pluricultural, que hunde sus raíces en los llamados pueblos originarios, y sin embargo el concepto de pluralidad no ha hecho mella en el imaginario colectivo, en la conciencia social.

Así, «lo indígena» es y seguirá siendo motivo de orgullo nacional, tema de murales y obras de arte, pero  los indígenas de carne, hueso y sufrimiento siguen siendo ?ancestralmente lo han sido? motivo de desdén, producto de la incapacidad de valoración, porque el común de la gente considera que la diferencia cultural es motivo de pobreza y atraso. La marginación que sufren no es más que la triste confirmación del hecho.


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