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VÍGÍA
Ya podrán los legisladores aprobar leyes geniales y la policía implementar operativos impresionantes para arrestar narcos, siempre los sucederán otros mientras no se erradique del corazón humano la semilla del pecado.
Por Javier Algara / San Luis Potosí
Que si Felipe Calderón merece aplausos por su lucha contra las mafias; que si no sabe lo que hace; que si la solución para el problema de las drogas es legalizarlas; que ya se comprobó en otros países que eso no soluciona nada; que no es bueno que el ejército esté en la calle; que no queda otro remedio: el debate es interminable. Sería una presunción de mi parte aventurar una estrategia militar o política para el problema de la droga-violencia-corrupción, y creo que ninguna autoridad tiene la solución perfecta a un problema tan complicado. Pero cualquier plan de combate al crimen organizado que se elabore por parte del gobierno o de organismos intermedios y que no tome en cuenta la educación de la persona será por naturaleza deficiente. Además, la única educación efectiva es la que incluye a Dios, y no sólo como concepto sino como experiencia vital. Por una sencilla razón: ya podrán los legisladores aprobar leyes geniales y la policía implementar operativos impresionantes para arrestar narcos, siempre los sucederán otros mientras no se erradique del corazón humano la semilla del pecado.
No se puede esperar que los no creyentes acepten esto, obviamente, y les molesta incluso que se les sugiera que tomen estas enseñanzas en consideración. Debería bastar, en principio, que el hombre viviera según su conciencia, para construir el bien común y la felicidad. Aristóteles dice que garantizar los medios para que cada persona viva de esa manera es precisamente la tarea de los políticos. Está en la naturaleza humana la capacidad para el bien, afirman. Dios, revelación, gracia, redención, son conceptos que humillan al hombre, concluyen, a pesar de las pruebas que al contrario presenta la historia humana desde sus inicios. Sabemos que el pecado trastornó todo eso.
¿Qué les diremos los cristianos a nuestros políticos y formadores de opinión en torno a esta coyuntura de violencia? ¿Qué solución podemos ofrecerles? ¿Que se confiesen y vayan a Misa? ¿Que se conviertan? Lo segundo parece más razonable, mas quizás en primera instancia lo mejor será insistir en una educación que se fundamente en la verdadera naturaleza de la persona. Afortunadamente, ya hace algunos años se restituyó la materia de formación cívica y ética, pero al mismo tiempo —increíble— se permite que en las escuelas se convenza a los jóvenes de que es parte de la naturaleza humana el satisfacer cualquier capricho.
Lo primero que hay que hacer es darnos cuenta que no pertenecemos a la Iglesia «para algo (purificarse, aprender la Ley…), sino para Alguien» (Aparecida 131). Hemos sido elegidos para vincularnos íntimamente a su Persona. Y, enseguida, dar un testimonio que haga a los demás descubrir que Cristo realmente puede cambiarnos. |