|
DOMINGO XXIII TIEMPO ORDINARIO
El Evangelio de este domingo retoma el tema del seguimiento de Jesús, pero lo hace citando palabras duras e imponiendo condiciones incomprensibles. ¿Por qué tantos condicionamientos?
Por el Padre Umberto Marsich, M.X
El Evangelio de este domingo retoma el tema del seguimiento de Jesús, pero lo hace citando palabras duras e imponiendo condiciones incomprensibles. ¿Por qué tantos condicionamientos? Tal vez para desanimar a la muchedumbre que lo seguía —«en aquel tiempo (nos relata Lucas) caminaba con Jesús una gran muchedumbre»—, o para seleccionar a los verdaderos candidatos a seguirle, o sea, aquellos que no lo hicieran por el magnetismo de su personalidad, por la atracción encantadora de su palabra o por la fiebre de asistir a sus milagros. Las bondades de seguir a Jesús son inmensas; sin embargo, su realización no es fácil. Y no lo es por las condiciones que el Señor pone: «Si alguno quiere seguirme»… En primer lugar, no quiere que el discípulo lo prefiera a sus familiares: «Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas…no puede ser mi discípulo». Seguir a Jesús es una decisión de mucha trascendencia en la vida del discípulo y, por tanto, no puede ser tomada de manera superficial o fantasiosa. En efecto, incluye la condición de liberación afectiva, también de los afectos sanos y legítimos como son los familiares. La petición que Jesús hace a aquellos que deciden seguirlo es que no lo consideren, emocionalmente, menos que sus familiares. Su objetivo es que coloquemos las personas más cercanas tras los deberes del discipulado. No antes. Sólo quien es capaz de la radical y dolorosa decisión de posponer todos los lazos naturales humanos al vínculo que une con Jesús, puede ser realmente discípulo suyo.
Seguir al Señor, de verdad, significa también «cargar con la cruz», o sea, renunciar a sí mismos: «El que no carga su cruz y me sigue—declara Jesús— no puede ser mi discípulo». Este párrafo del evangelio quería ser una llamada a la fortaleza, frente a las persecuciones que ya se perfilaban en el horizonte, y que hacen parte del presupuesto de quienes optan para seguir al Señor y trabajar en su nuevo Reino. Por cierto, las condiciones actuales de los seguidores del Maestro no son tan dramáticas; sin embargo, no dejan de exigir entrega total, desprendimiento de cosas y afectos y renuncia al egoísmo.
Calcular las fuerzas y medir las posibilidades
Seguir al Señor, reiteramos una vez más, no es obra fácil, ni inmediatamente gratificadora, y si no se tiene el valor de seguirle hasta dar la vida es mejor no meterse en pos de Él. Seguir a Jesús es hacer de su vida un patrón y medida de la propia vida y no puede depender de entusiasmos superficiales o de simples y piadosos deseos. Es todo un reto cuya realización agota energías e impone presupuestos morales de perseverancia y fidelidad; además, obliga a calcular bien las fuerzas y medir las posibilidades de éxito. Exactamente, como nos explica Jesús mismo a través de la parábola de la torre que hay que construir y del ejército con el cual ganar la batalla: «¿Quién de ustedes —se pregunta el Señor— si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo…? ¿O qué rey que va a combatir a otro rey no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro de quien viene contra él con veinte mil?». El que se pone a construir debe primero calcular el costo, para ver si tiene con qué terminar y no ser objeto de burlas; el que va a combatir debe de antemano considerar si será capaz de ganar con los soldados de los que dispone, para evitar así la humillación de la rendición. Ambos casos: abandonar una obra por haber mal calculado el costo, y rendirse en batalla por no haber medido las fuerzas, son metáfora de lo que puede suceder a aquellos discípulos que, impulsados por el entusiasmo y la aventura, luego no logran perseverar en el seguimiento de Jesús, terminan por abandonarlo y son así derrotados. Por ser el seguimiento de Jesús empresa de tan singular gravedad, sería falso lanzarse a ella con irreflexión y temeridad; sólo de una consideración madura y serena debe surgir el ánimo necesario para decidirse a aceptarla. Los irreflexivos y los indecisos, en efecto, se exponen a un fracaso que puede acarrearles, al mismo tiempo, la pérdida de la salvación.
El abandono de los bienes
Otra condición para seguir al Señor es la del desprendimiento de los bienes: «Así pues —nos dice el Señor— cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo». En esta ocasión Jesús lo pide no porque los bienes sean malos sino porque pueden alejar el corazón y la voluntad de sus discípulos de Él. Los afectos y los bienes, de hecho, en la mente y en la vida de los discípulos, no pueden constituir el principal centro de interés ni tampoco tener la misma importancia que Jesús. Además, como se nos ha explicado en las metáforas anteriores, a Jesús le desagrada el hecho de que muchos candidatos al discipulado, por no haber medido bien sus fuerzas y purificado sus intenciones, dejen de seguirlo desistiendo, así, de construir el Reino de Dios (la torre) y abandonando toda lucha contra el mal (el enemigo).
Conclusión
El discipulado de Jesús es una experiencia que pide, necesariamente, desprendimiento de las cosas y liberación de los afectos cuando nos alejan y nos desplazan de Él. El ser discípulo de verdad es meterse en un gran lío; es luchar en contra de todo aquello que obstaculiza nuestra perseverancia y fidelidad: el apego a nosotros mismos, a nuestros egoísmos, a nuestro orgullo y a todo pecado. En efecto, todo aquello que en la vida nos llama la atención podría convertirse en algo engañoso si nos vuelve olvidadizos de Aquél por el cual hemos sido creados. No hay otro camino para la vida eterna que seguir a Jesús; sin embargo, nunca olvidemos que a Jesús se le sigue «cargando la cruz».
Según este evangelio, deducimos que hay dos formas de seguir a Jesús: una a la que están obligados todos los que oyen su llamamiento, y otra, especial, que consiste en el seguimiento personal suyo. Éste exige grandes sacrificios, de los que no todos son capaces sin esa vocación especial. |