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GRAN REPORTAJE
Nuestro redactor asociado Gilberto Hernández García hizo la «ruta del horror». En cinco reportajes cuenta la historia de los migrantes que vienen del sur. (1a parte)
La reciente matanza de 72 centro y sudamericanos en Tamaulipas conmovió al país y al mundo; lamentablemente no es un caso aislado; una y otra vez, a lo largo del territorio nacional, la extorsión, el secuestro y vejaciones a los migrantes es una constante que se repite. El Observador, con la finalidad de ofrecer a nuestros lectores una visión sobre estos acontecimientos y teniendo presente que muchas veces el mejor anuncio del Reino es la denuncia de la injusticia, presenta una serie de reportajes realizados por Gilberto Hernández desde los lugares donde llegan y salen los migrantes en su recorrido por México. Nos cuenta el precio que pagan por alcanzar el sueño «americano».
Los migrantes centroamericanos deben recorrer más de dos mil 500 kilómetros desde la frontera sur a la frontera norte de México Por Gilberto Hernández García
Son las siete de la tarde en Tapachula, Chiapas. En los alrededores de la Casa del Migrante Belén, sostenida por los misioneros scalabrinianos, decenas de personas, provenientes en su mayoría de Centroamérica, están esperando el momento propicio «pa’ tirar pa’l Norte». «En México es donde más se sufre», dice un salvadoreño al cuestionarlo sobre cómo le ha ido en esta incipiente travesía. «Aquí empieza la pesadilla», sentencia un joven, como que sabe lo que dice.
Rutas de vida, rutas de muerte
Para llegar a los Estados Unidos, desde décadas los indocumentados han seguido rutas muy bien establecidas. Todos estos itinerarios implican riesgos, pero últimamente se han vuelto más peligrosos por la presencia del crimen organizado.
El mayor número de centro y sudamericanos que cruza al territorio mexicano por la frontera de Tecún Umán, Guatemala, y Ciudad Hidalgo y Tapachula, suelen viajar en el tren de carga con destino a la ciudad de Ixtepec, Oaxaca. Es la ruta conocida como «de la Costa». También es utilizada por los traficantes de personas o «polleros» para transportar a los migrantes, escondidos en el doble fondo de tráileres o camiones.
Otra ruta muy transitada es la que ingresa a territorio mexicano por la región de El Petén, en Guatemala. En ella hay una fuerte presencia de narcotraficantes. Los migrantes parten desde el punto fronterizo denominado El Naranjo, del lado guatemalteco, e ingresan a México por peligrosos caminos selváticos y pantanosos por la frontera de El Ceibo, en Tabasco.
En este punto tienen que caminar por zonas pantanosas alrededor de 28 kilómetros para llegar al municipio de Tenosique, Tabasco, con el objetivo de abordar el tren de carga proveniente de Mérida.
Una ruta alterna es la del paso fronterizo La Mesilla, del lado guatemalteco, ingresando a nuestro país por Ciudad Cuauhtémoc, en el estado de Chiapas. Desde allí, los inmigrantes son trasladados vía terrestre a través de las poblaciones de La Trinitaria, Comitán, San Cristóbal de las Casas y Tuxtla Gutiérrez.
La marítima es la vía menos utilizada para llegar a México. Desde el puerto guatemalteco de Ocós, en el océano Pacífico, los migrantes son transportados en lanchas rápidas, conocidas como tiburoneras, hacinados hasta 20 individuos. Por este medio, los indocumentados arriban a las cercanías de Salina Cruz, Oaxaca, con algunas escalas en Zacapulco, y Paredón, en Tonalá, Chiapas.
Cualquiera que sea la ruta, los migrantes deberán recorrer más de dos mil quinientos kilómetros desde la frontera sur a la frontera norte de México, gastar entre tres mil y seis mil dólares, si es que van «protegidos» por un «pollero», e invertir casi un mes de viaje... si es que corren con suerte.
«Porque fui forastero y me recibiste»
La noticia, por desgracia, no era nueva. Desde hace años, diversas organizaciones defensoras de derechos humanos habían venido denunciando el secuestro sistemático de migrantes —provenientes, en su mayoría, de Centroamérica— en su paso por México. En octubre de 2009 la Pastoral de la Movilidad Humana del Episcopado Mexicano, junto con la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, insistió ante las autoridades mexicanas en la denuncia de estos delitos cometidos por grupos del crimen organizado con la complicidad de autoridades.
Recientemente la diócesis de Saltillo hablaba en su Sexto informe sobre la situación de los derechos humanos de las personas migrantes en tránsito por México que más de 18 mil migrantes indocumentados han sido secuestrados por esos grupos del crimen organizado en México.
Pero esos números, esas estadísticas, tienen rostros muy concretos. Son hombres y mujeres, niños incluso, que han sido golpeados por la pobreza, que en sus comunidades de origen no han encontrado las oportunidades suficientes para sobrevivir. La mayoría de ellos tiene familiares en los Estados Unidos. Por eso deciden lanzarse a la aventura y cambiar, por fin, «el destino» que les tocó vivir.
«Cuenta al mundo lo que sufrimos…»
Decidí viajar al sur del México para recorrer la ruta de los migrantes y conocer esas vidas, y palpar el sufrimiento y la esperanza. La idea era partir desde Tapachula, Chiapas, uno de los dos centros focales de este fenómeno migratorio, para alcanzar luego la comunidad de Arriaga, también municipio chiapaneco, e ir de ahí a Ixtepec, Oaxaca.
Consulté el proyecto de itinerario con algunos conocedores de esta ruta en tren que siguen los migrantes, pero me desaconsejaron hacerlo. Recientemente un periodista subió al ferrocarril como un migrante más para documentar la experiencia y los atropellos que sufren estas personas. Él mismo fue víctima de agentes del Instituto Nacional de Migración, quienes lo agredieron salvajemente y le robaron sus pertenencias.
«Nos sirve mejor vivo», me dijo Marvin, un hombre, originario de El Salvador, cuando le conté mi propósito de subir al tren en Arriaga. «Es una ruta de muerte. Mejor cuente lo que sufrimos, para que la gente de este país y el mundo sepa a lo que nos obliga el hambre y el amor a nuestras familias; muchos piensan que somos delincuentes y nos apedrean por el camino o nos niegan una ayuda». Y me relató historias con denominadores comunes: el miedo, el peligro, el maltrato, el sufrimiento…
Al final, opté ir por carretera. Visité los lugares donde los migrantes bajan del tren para reponerse de la travesía, o donde suben otros para continuar su viaje: Ixtepec, Medias Aguas, Lechería, Querétaro, San Luis Potosí, Saltillo… Ha sido esperanzador el hecho de saber que a lo largo de las rutas que siguen los indocumentados, una extensa red de Casas del Migrante, en su mayoría puestas en marcha por la Iglesia católica, están siempre dispuestas para cumplir a su Señor: «…Porque fui forastero y me recibiste…».
G.H.G. |