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FLOR DE HARINA 
Todo rostro es un mensaje. Y como el rostro es el espejo del alma, el alma ha de estar transfigurada para que el mensaje sea la transparencia de una luz interior, y no una pobre máscara.
Por el padre Justo López Melús «Es imposible que un hombre mire al sol sin que su rostro quede iluminado» (Bodelschwing). Es imposible que un hombre mire a Dios sin que su rostro quede transfigurado. «Cuando bajó Moisés del monte Sinaí no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante, por haber hablado con el Señor. Aarón y todos los hijos de Israel miraron a Moisés y vieron que irradiaba la piel de su rostro» (Ex 34, 29-30). «Jesús se transfiguró delante de ellos. Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos blancos como la luz» (Mt 17, 2). Desde entonces todos los contemplativos han subido al Tabor para sumergirse en la luz y dejarse transfigurar. Como Jesús. Como Moisés. «Un rostro. ¿Qué es lo que me demostrará que yo tengo un rostro, sino el beso de Dios?» (Gournay). «Haz brillar, Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro» (Sal 4, 7). «Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (Sal 4, 7). «Mi única patria es tu rostro» (Santa Teresita). Todo rostro es un mensaje. Y como el rostro es el espejo del alma, el alma ha de estar transfigurada para que el mensaje sea la transparencia de una luz interior, y no una pobre máscara. «El cristiano es aquel ejemplar más bien raro al que la Providencia ha vaciado de todas sus hipocresías» (Kierkegaard). «El cristianismo es la religión de los rostros» (Atenágoras). Rostros que transparenten el mensaje de Cristo. Moisés bajó del Sinaí, y Jesús bajó del Tabor, después del coloquio con Dios. Pedro, en cambio, emocionado, interpretó aquella gloria como señal de reposo, y quería plantar tres tiendas allí. Pero es necesario descender. Nuestro rostro transfigurado no nos pertenece, hay que ofrecerlo a los hermanos. Alguien espera abajo para ver lo que nos ha sucedido, para comprobar nuestra conversión. |