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AL MARGEN…
Que la primera gran filosofía moderna, leída con profundidad, no es de ningún modo contraria a la fe, y que es incluso en todas sus dimensiones una filosofía cristiana, es una de las conclusiones principales del libro “Vindicación del cartesianismo radical”.
Por Juan Carlos Moreno Romo
Que la primera gran filosofía moderna, leída con profundidad, no es de ningún modo contraria a la fe, y que es incluso en todas sus dimensiones una filosofía cristiana, es una de las conclusiones principales del libro que, abusando un poco de la generosidad de El Observador de la actualidad, quisiera proponer aquí, reseñándolo muy brevemente, a algunos de sus posibles lectores.
Se trata de mi Vindicación del cartesianismo radical (Anthropos, Barcelona, 2010), «en donde Descartes es el Virgilio que nos ayuda a salir de la selva obscura del pensamiento contemporáneo, y nos acerca a Beatriz», es decir, a la teología.
Completo en este libro lo iniciado en el anterior (Descartes vivo, Anthropos, Barcelona, 2007), libro colectivo en el que en mis propios trabajos me ocupé precisamente de mostrar, contra los prejuicios en boga, que el gran discípulo de los jesuitas no era como nos lo pinta la cultura moderna ilustrada y anticristiana que después se lo apropió o recuperó.
En el que ahora mismo aparece, y del que adelanté ya en alguna ocasión en esta columna alguna noticia, o alguna nota, he llevado a cabo las que se podrían llamar unas «meditaciones cartesianas», y cristianas también.
Yo soy, yo existo. Existe Dios. Creo y creemos en Dios. Tales son las principales conclusiones, filosóficas y más que filosóficas, de ese libro que a partir de este momento ya no es mío, sino de todos aquellos que se den la pena de volverse sus lectores.
Cierro con una breve pista, entresacada de las breves conclusiones del libro: Al recuperarla en su calidad de acontecimiento, de intuición o de conocimiento de quinto grado, nos hemos dado cuenta de que la filosofía cartesiana es bastante más que sus aplicaciones, que no se agota ni en la física matemática ni en el Proyecto Moderno; que va más allá; que es, en cierto modo, religión del espíritu. Hemos actualizado el cartesianismo en nuestro tiempo y en nuestra circunstancia y nos hemos atrevido a reconocer y a asumir su perenne validez. «Las protestas —concluimos con Octave Hamelin— no han faltado y quizá hoy sean más vivas que nunca. Pero es preciso darse cuenta de que las unas no son, en el fondo, sino un malentendido, y que las otras significan la plena abdicación del espíritu». |