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El reconocimiento legal de las uniones homosexuales quitaría relevancia a la masculinidad y a la feminidad de la persona humana, con desprecio de la corporeidad misma, del sentido común y de la racionalidad.
Por el Padre Umberto Marsich, M.X.
Una relación interpersonal, para poder ser tutelada por el derecho, debería tener, por lo menos, algún beneficio en orden al bien común de la sociedad. Una amistad, por ejemplo, que constituye sin duda una relación interpersonal gratificadora, no puede exigir el derecho de una protección legal por parte del Estado. Los beneficios son exclusivamente individuales, mientras el matrimonio es una forma de relación, entre pareja constituida por un varón y una mujer, que tiene valor público en orden al bien de la sociedad y la protección de los hijos y, desde luego, debe ser tutelado por el derecho. Al contrario, las relaciones homosexuales no contribuyen en absoluto a la continuación de la sociedad.
El reconocimiento legal de las uniones homosexuales quitaría relevancia a la masculinidad y a la feminidad de la persona humana, con desprecio de la corporeidad misma, del sentido común y de la racionalidad. Para el cardenal E. Tonini, todo esto que está sucediendo refleja el triunfo de la cultura individualista, según la cual el vínculo entre hombre y mujer sería un hecho exclusivamente privado y, desde luego, la preocupación dominante es aquella de garantizar a los individuos la más total libertad de comportamiento, sin medir las nefastas consecuencias sociales. La Iglesia se opone con toda razón a que cualquier forma de convivencia y de uniones fantasiosas se identifiquen con el matrimonio debidamente contraído. Ser comprensivos ante ciertas situaciones de hecho no implica claudicar ante las amenazas que buscan, de alguna manera, el progresivo deterioro y la marginación de la familia fundada sobre el matrimonio. La conferencia de los obispos italianos, en una reciente declaración, reforzaban esos conceptos afirmando: «El cristiano fiel está obligado a formar su conciencia en conformidad con la enseñanza del Magisterio y, desde luego, no puede apelarse al principio del pluralismo y de la autonomía de los laicos en política, favoreciendo así soluciones que dañen o que suavicen la salvaguarda de las exigencias éticas fundamentales para el bien común de la sociedad» (29 Marzo 2007). En el mismo documento defienden rotundamente a la familia y los derechos de los hijos, declarando: «Sólo en la familia fundada en la unión estable de un hombre y una mujer, y abierta a una ordenada generación natural, los hijos nacen y crecen en una comunidad de amor y de vida, de la cual pueden esperar una educación civil, moral y religiosa». |