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Escrito por CEM   
Domingo 21 de Octubre 2007

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Comunicado de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social de la CEM

Hace 25 años que apareció el VIH y SIDA en nuestra realidad mundial. Hoy 40 millones de personas viven con este problema en el mundo. En el 2006 tres millones de personas murieron a consecuencia del VIH- SIDA, y se registraron cuatro millones 300 mil nuevas infecciones en el mismo año, según informes del ONUSIDA.

En México, según el CONASIDA, se calcula que 182 mil personas viven con VIH-SIDA en nuestro país (según la estimación del 2005). En el año 2006 se registraron dos mil  603 nuevas infecciones y murieron a consecuencia del SIDA en 2005 cuatro mil 650 personas.

El VIH-SIDA ha roto con las concepciones tradicionales de lo que llamamos enfermedad, porque va más allá de lo puramente médico. Al hablar del VIH no nos referimos simplemente a un virus que ataca al sistema inmunológico de las personas, sino a un problema social que ha traspasado las barreras penetrando a los rincones más profundos de la sociedad, quebrantando formas de vida y creando nuevos modos de interacción, de prácticas, de relaciones y de significación social.

Las personas que viven con VIH-SIDA y sus familias se enfrentan a una sociedad poco informada y con miedo, que reproduce prácticas de estigmatización y discriminación hacia los afectados. Es por eso que los que viven con el virus han tenido que vivir en el silencio y la soledad.

Podríamos afirmar que el VIH tiene su raíz en aspectos más profundos, como la pobreza, la marginación y la injusticia, manifestados en la intolerancia, la violencia de género, falta de legislaciones y políticas públicas asertivas, la falta de atención médica integral de las personas, el alto costo en los medicamentos y tratamientos para el VIH-SIDA, la falta de acceso a la seguridad social, la migración, y programas de prevención que contemplen al ser humano en todas sus dimensiones.

La realidad del VIH-SIDA no pasa inadvertida por nuestra Iglesia; como dice san Pablo: «Si sufre un miembro, todos sufren con él» (1Cor 12, 26). No podíamos hacer oídos sordos a este llamado. Encontramos, como lo mencionan los obispos reunidos en Aparecida, Brasil, el pasado mes de mayo para la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, en las personas que viven con VIH-SIDA y sus familias, un nuevo rostro de los excluidos, que nos llama a la solidaridad.

Los obispos reunidos en Aparecida, Brasil, nos han dicho lo siguiente: «consideramos de gran prioridad fomentar una pastoral con personas que viven con el VIH-SIDA, en su amplio contexto y en sus significaciones pastorales: que promueva el acompañamiento comprensivo, misericordioso y la defensa de los derechos de las personas infectadas; que implemente la información, promueva la educación y la prevención, con criterios éticos, principalmente entre las nuevas generaciones, para que despierte conciencia de todos para contener esta pandemia» (Ap. #421).

Con la nueva estructuración de la Conferencia del Episcopado Mexicano, la Pastoral de la Salud ha quedado incluida como una de las dimensiones de la Pastoral Social, y cuando nos hemos reunido los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social para analizar nuestro modo de trabajar con todas las dimensiones que se incluyen en la Pastoral Social, hemos señalado que, precisamente este tema del VIH-SIDA, es uno de los temas transversales que tenemos que abordar desde todas las dimensiones: desde la dimensión de la pastoral Cáritas, desde la dimensión de la pastoral de la justicia, la reconciliación y la paz, desde la dimensión de la pastoral de la fe y la política, desde la dimensión de la pastoral de los migrantes, desde la dimensión de la pastoral penitenciaria, desde la dimensión de la pastoral indígena, desde la dimensión de la pastoral laboral y, por supuesto desde la pastoral de la salud. Este tema será uno de los que unifiquen y orienten el quehacer de nuestra Comisión.

Esta campaña a favor de los hermanos y hermanas afectadas por este problema, está dirigida en primer lugar hacia dentro de la misma Iglesia Católica, para generar en la mente y el corazón de los católicos sentimientos y acciones de solidaridad a favor de todas las personas que viven y conviven con VIH y sida. La acción de la Iglesia debe ser una acción llena de caridad, pues la caridad es esencial a la vida de la Iglesia y de cada cristiano en particular. Pero esta acción debe estar bien articulada con todas las áreas de la pastoral, en cada parroquia, en cada diócesis, y en cada provincia eclesiástica.

Nuestra acción debe ser además ecuménica, coordinándonos con otros cristianos que trabajen o quieran trabajar a favor de los infectados. Nuestra acción debe, además, estar abierta y vinculada a la acción de otros organismos de la sociedad civil que trabajen para el mismo fin, lo mismo que con las instancias de gobierno. Una tarea tan ingente como la lucha contra el VIH-SIDA exige la unión de todas las fuerzas posibles. El mismo número de la V Conferencia, realizada en Aparecida, pide a los gobiernos el acceso gratuito y universal de los medicamentos para el SIDA y las dosis oportunas (Ibid).

Más allá de los deberes de los que nos gobiernan, de las filantropías y  filosofías que mueven a los hombres y mujeres de buena voluntad, en la lucha contra el VIH-SIDA, a nosotros los cristianos nos mueve nuestra fe que nos permite ver en cada enfermo y portador de VIH a un hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza, y más aún, nos permite reconocer al mismo Cristo encarnado en el pobre, el hambriento, el sediento, el preso, el desnudo, en los pequeños, y en todos los que son menos a los ojos del mundo.


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